"Te relacionan con las narcofosas de San Fernando, Tamaulipas" Testimonios de mujeres zetas

"Te relacionan con las narcofosas de San Fernando, Tamaulipas", le suelto a María, "más de 200 cadáveres", agregó. Ella fija la vista en la pintura amarilla que delimita la cancha de volibol sobre la que nos sentaron en un par de sillas. 

Que la vida se pudre apenas los ojos se cierran para estornudar o que por el contrario, se deteriora lentamente como las mazorcas de maíz, son hechos que le constan. Porque la senda que trajo a María a prisión se construyó poco a poco, pero también de un putazo. Uno solo.

"Mi vida en libertad valió madres cuando fui a trabajar a Tijuana, tenía 15 años; pero también se fue a la chingada cuando tenía 18 y agarré un aventón hasta Reynosa", confiesa con ternura. Parece una caja de zapatos cuando la abrimos y está vacía.


Estamos en el interior de un Centro de Reinserción Social de Baja California. María no tiene sentencia condenatoria, pero lleva cuatro años encarcelada. Flota en el limbo. Calcula una sentencia de 30 años por los delitos de secuestro y delincuencia organizada. Convencido de que detrás de la verdad siempre hay un chingo de verdades más, el testimonio de María tiene el objetivo de conocer los distintos acontecimientos que, a lo largo de su vida, la han sometido a una incesante metamorfosis que ha desembocado en su reclusión. Un día fue niña, ¿qué fue lo que pasó después?

MARÍA

Al igual que su familia, María, nació en el estado de Veracruz, en un municipio a tres horas de distancia de Tampico, Tamaulipas. Su papá se marchó de la casa cuando ella tenía cinco años, nunca lo volvió a mirar, aunque sabe que está vivo. Su mamá se dedica a limpiar casas. Tiene cuatro hermanos. El más grande cocina carne al carbón en un restaurante. Otro trabaja en Telmex como reparador de líneas de teléfono, mientras que su hermana es guardia de seguridad en Autobuses de Oriente. El hermano menor, por su parte, está entregado al Resistol 5000 y a los solventes.

Tenía 11 años cuando una tarde su mamá la quiso madrear con un garrote por negarse a trapear el baño de su casa. Se salvó corriendo. Trotó con tal ahínco que llegó a una plaza al extremo opuesto de la ciudad. Esa noche durmió en una banca como un gato sobre el capacete de un auto. En la madrugada la despertó un niño. El Tuti. "¿Por qué duermes aquí?", le preguntó. "Porque me pega mi mamá", contestó. Al tiempo, el Tuti y varios niños más, que también sobrevivían en la misma plaza, se convertirían en su familia. Robaban para comer, comprar mariguana y chemo. María estuvo en situación de calle hasta que volvió a su casa a punto de cumplir 15 años. En aquellos días empezaba a consumir piedra de cocaína con regularidad. Una vecina, cinco años mayor, le platicó que en Tijuana el trabajo de cuida-niños y personas adultas sobraba.

"Estoy yendo seguido, la paga es en dólares, vamos", propuso su vecina. María se emocionó y pidió permiso a su mamá. El distanciamiento entre ambas solamente pudo hornear una fría respuesta: "puedes ir, haz lo que quieras".

Partir a la frontera significó conocer al Chava y viajar con él y la vecina. Se fueron al Distrito Federal en auto y de ahí a Tijuana en avión. Voló por primera vez. Adentro de la aeronave la infinidad de suelas de zapato de la tripulación le recordaron sus viajes en transporte público en la ciudad de la cual no había salido jamás. A diferencia de lo dicho en un capítulo de Los Simpson, para María, Tijey no es el lugar más feliz del mundo, sino una especie de castigo eterno. Un báratro que marcó su vida para siempre.

LA MEMORIA ES UNA PISTA DE CIRCO CUBIERTA DE NEBLINA

Aterrizó el avión en Tijuana y me llevaron a una casa. Pasaron dos días, después seis y nomás decían que pronto cuidaría a los niños. Una noche llegó el Chava con otro señor. "Tenemos mercancía nueva para trabajar",escuché que le dijo. Quise hablar con mi mamá y no dejaron que lo hiciera. Intenté escapar y me fue como en feria; recibí una golpiza.

"¿Pa' qué te haces pendeja si ya sabes a lo que vienes? Cámbiate de ropa, te irás a trabajar", gritó el Chava y aventó a la cama una minifalda y una bolsita con pinturas. Fuimos a una calle entre la número Dos y la Cuatro de la zona Centro. Para que no escapara colocaron a pocos metros a dos señoras que también se prostituían; eran las amantes del Chava, con las dos vivía y tenía hijos. Así sería siempre. Cuando ellas no cuidaban, lo hacía un señor que se hacía menso en la banqueta de enfrente, pero vigilando que no escapara. En la mañana, el Chava pasaba por mí. En una habitación al fondo de la cuartería tenía que cambiar la ropa de trabajo por un pantalón y una sudadera; eran las únicas prendas que tenía que no eran de puta. Después regresaba al cuarto donde me encerraban; ahí dormía, me alimentaba y esperaba la noche para regresar de nuevo a la banqueta. Del dinero que ganaba nada era para mí. Así fue mi vida durante un año. Tanto era el miedo que no me animaba a pedir ayuda a la policía que pasaba frente a mí.

La primera vez que fui detenida en una redada tardé más en llegar a la comandancia que lo que el Chava tardó en aparecerse. Una de las señoras le avisó. Llegó diciendo que yo era su esposa y que todo era un mal entendido. Fue raro que los policías dejaran que me fuera. Tuve la intención de aclarar todo, pero estaba tan traumada que me callé. La segunda vez que quise escapar de nuevo hubo golpes, pero empezó a dejar que hablara con mi mamá; sólo podía decir que todo estaba bien.

Mi mamá recibía mil pesos al mes para que no sospechara; se supone que yo los mandaba. Un mañana, el Chava, entró a mi cuarto para usar el baño. Puso su celular sobre la estufa y aproveché para mandarle un mensaje pidiendo ayuda a un noviecillo que tenía en Veracruz. El Chava se dio cuenta y con la botas vaqueras que usaba me pateó en las costillas y las piernas. En la cara no recibí golpes.

"¿Qué edad tienes?", me preguntó un cliente que vio los moretones de la golpiza. "Tengo 19", contesté, pero no me creyó. Habían falsificado un acta de nacimiento y con esa había obtenido mi credencial en el IFE. "¿Por qué mientes? ¿Trabajas por tu voluntad?", siguió interrogando. Le expliqué que me gustaba lo que hacía. Insistió y ya no aguanté la mentira. En esos días había pensado en quitarme la vida; faltaban 15 días para navidad. Le platiqué que si escapaba podrían matarme o hacerle daño a mi familia. "Te voy a ayudar", dijo y lo juró con los dedos.

Salimos del cuarto. Hablé con una de las señoras que vigilaba. Expliqué que el cliente quería pasar la noche conmigo en un lugar más cómodo y limpio. Nos dejó ir a un hotel que estaba como a cien metros, el cliente tuvo que dejar una identificación y pagar mil pesos; normalmente cobraba 300.

"En cuanto pare un taxi te subes", me dijo el cliente mientras caminábamos. Las piernas me temblaban. Paró un taxi, nos subimos y escuché a la señora gritar. Llegamos hasta un hotel como a diez calles.

Con ese cliente viví cuatro meses en el fraccionamiento El Águila. No quise regresar inmediatamente a Veracruz por miedo a que el Chava buscara venganza. Dos meses después de haberme juntado con el cliente quedé embarazada. Un día fui al crucero de la 5 y 10 a comprar unos dulcecitos enchilosos; tenía muchos antojos. Iba caminando cuando creí ver la camioneta del Chava, ¡y sí era! Nos vimos a los ojos y rápido bajé la cabeza. Volteé y vi que daba la vuelta. Apresuré el paso y empecé meterme entre la gente; otra vez huí en un taxi. Duré dos días sin asomarme por la ventana ni salir de la casa. No sabía si me había seguido.

Embarazada regresé a mi ciudad porque me dijo mi mamá que habían apuñalado a mi hermano menor 20 veces en un pleito callejero. Fue un error, se habían equivocado los de la morgue. Total que nació mi hija. Se cerraron las puertas, no sabía qué hacer. No había terminado la primaria, no conseguía trabajo ni tenía el apoyo de mi mamá. Típica historia: saliste embarazada, hazte responsable tú solita; una niña cuidando a otra niña. Entré a una tortillería, ganaba 500 pesos a la semana. Agarraba dos taxis que hacían que gastara 200 pesos a la semana. Con los 300 que sobraban debía comprar leche, pañales, comida y pagar renta. A los tres meses, una sobrina de la dueña de la tortillería ofreció darme trabajo de mesera en el bar La Preferida, que ella administraba. Acepté porque tenía la identificación falsa de mayor de edad que me habían dado en Tijuana.

Solamente era mesera, pero si aceptaba cervezas, con eso ganaba una comisión. El primer día agarré mi buen dinero. Salí hasta las chanclas de ebria, pero lo primero que hice fue comprar leche y pañales para mi niña. Tenía 16 años. Ganaba mil, dos mil pesos diarios entre propinas y comisiones. A veces al cliente le caes bien y te pregunta por qué estás trabajando en un bar; le platicas tu historia y se conmueve. "Ten este dinero para le compres algo a tu bebé o para que te compres algo tú", decía algún cliente.

Cuando comencé a trabajar en los bares, el narco no era tan descarado. Después eran frecuentes las peleas y los disparos. Fui testigo de cómo le volaron los sesos de un balazo a un cliente del bar por una discusión de futbol y como a otro lo mataron a patadas porque le quito la silla por error a otro. Cuando llegaba la policía anotaba pendejadas y la ambulancia recogía los cadáveres. Y ya. Todos quedaban tranquilos o resignados cuando sabían que los asesinos trabajaban para la delincuencia; por primera vez comencé escuché qué eran los Zetas.

La clientela ya no se paraba en los bares a tomar. Yo estaba ahí por el dinero, por traer bien vestidas a mis hijas y también porque soy ambiciosa. Pero ahora ganaba sueldo mínimo. Llegaba a mi casa con 200 pesos que no servían para nada. Comencé a irme a las cantinas de Tamiahua, un pueblito pequeño junto al mar del Golfo de México, a dos horas de mi casa; recibía comida y hospedaje gratis, vivía en las cantinas, como quien dice. Dos semanas iba y dos me quedaba en casa con mi hija. Una de las veces que regresé a mi casa andaba comprando unas sandalias en una zapatería y me encontré a una de mis compañeras de La Preferida, comprando unas botas de tacón.

"En Reynosa están pagando bien, vengo de allá, traje mi buen dinero, si quieres vamos", le contesté que ok, que fuéramos. "No te vayas, está lejos Reynosa, aquí vemos cómo le hacemos pa' salir adelante; recuerda que tiene dos hijas que te esperan", dijo mi mamá. "15 días y regreso", contesté. Porque cuando me monto en mi caballo aunque sea blanco para mí es verde. "No te vayas, piensa en tus hijas", me insistió; bien dicen que las mamás siempre tienen la razón.

DENTRO DE UN AK-47 UNA BALA TIENE TU NOMBRE

El parte informativo de mi arresto es una película de acción. Que yo era la Güera, una pesada. Que andaba en una caravana de camionetas blindadas con un arsenal, que porque Golfo y Zetas se estaban disputando quién se quedaba en San Fernando y quién en Ciudad Victoria. Pero esas son mentiras, la verdad es otra. Ahí va: no le hice caso a mi mamá y me fui a Reynosa de aventón en un tráiler junto con la amiga que me había invitado. Estuvimos una semana y nos regresamos; no pude trabajar porque no llevaba credencial de elector; la que usaba en Tijuana no me gustaba porque tenía otro nombre. Regresamos de raite con un chofer de 60 y tantos años, muy amable. Nos invitó la comida y nos dio 600 pesos para el transporte; pero nos bajó en San Fernando, Tamaulipas. Ahí tomamos un autobús de la línea División de Oriente. A la salida del pueblo estaba un retén de la Marina Armada de México.

Nos bajaron a todos los pasajeros del autobús. Un marino nos pidió las identificaciones. "No la tengo, apenas cumplí 18 años y no he tramitado mi credencial del IFE", expliqué. Mi amiga sí traía identificación, pero el militar dijo que revisaría los datos de nosotras en la computadora y que luego nos podríamos ir. De repente dejó subir a todos los pasajeros. "¡Oiga, se nos está yendo el autobús!", le dije al marino muy desesperada, casi gritando. Ahí comenzó la pesadilla. No creían que decía la verdad. Hicieron que le hablara a mi mamá por teléfono para corroborar; ella pidió que le dijeran dónde estábamos para llevar algún documento con mis datos; pobrecita, estaba muy desesperada.

"Sí señora, ahorita llega su hija", dijeron los marinos. Supe que ya no me dejarían ir. Le pedí a mi mamá que se cuidara mucho, porque tiene azúcar, diabetes; también le pedí que cuidara a mis hijas.

MARINELOS

Los marinos preguntan pero les vale madre tu respuesta. Ellos lo que quieren es que confieses lo que a ellos se les ocurra, y para eso torturan. Tienen todo un equipo. Está el de inteligencia ―que es el que interroga―, el kaibil ―que es el especialista en aplicar tortura― y los marinelos ―que nomás hacen bulto, pero que también te dan golpes con las manos o patadas. Amenazaban con mandarme a Matamoros para que los Golfos me dieran piso, porque esa cárcel es de ellos. Nos vendaron los ojos y pusieron cinchos en las manos y en los pies. Primero se la llevaron a ella; regresó llorando; supe por qué hasta que fue mi turno. Pedía que se acabara todo, ya no podía más, estaban lastimándome mucho, no por los golpes sino porque no sé cuántos marinos me violaron.

Los tatuajes que tengo de la Santísima Muerte en las pantorrillas ayudaron a que pensaran que era de los Zeta. "¡Bien que tienes el sello de los Zetas, pero niegas trabajar con ellos, pinche mugrosa!", gritaban los marinos y al mismo tiempo, con el casco, golpeaban mi cabeza y hombros. Para ellos la Santa Muerte es el sello de los Zetas y el San Judas Tadeo, el del cártel del Golfo. Si te ven tatuajes te toman por delincuente. Yo conozco a la santísima desde niña. Los tatuajes me los hice tres meses después de tener a mi segunda hija, tenía 17 años.

Las torturas son variadas. Te ponen la bolsa en la cara y te asfixian; en tu nariz meten chile Tajín con agua mineral, o te ponen un trapo en el rostro y por la nariz te echan agua para que te ahogues. También me dieron toques eléctricos, pero no con una maquinita como las que usan en los bares como diversión. Ellos pelan un cable, lo enchufan y te lo ponen en distintas partes; se siente horrible.

PIEDRA DE COCA

Nunca fui de los Zetas, pero sí tenía relación con los tenderos ―los que venden droga en los puntos de venta―, con los comandantes ―máxima autoridad de una ciudad o región― y los halcones ―responsables de vigilar y reportar los patrullajes militares y policiales en las calles.

En libertad era muy adicta a la cocaína. "Véndeme o fíame", le pedía a los tenderos. Terminé agarrándoles cariño porque me fiaban y se portaban buena onda. Si estaba en el bar trabajando o andaba por las calles de la ciudad y miraba movimiento de militares les advertía con un mensaje: "no vengan para la zona de bares, andan en operativo los marinos. Los soldados van de bar en bar revisando a todos, hasta a las mujeres".

"Métanse al baño y desvístanse, las vamos a revisar", decían las mujeres militares. Mi mentalidad es que los marinos, si se les antoja, te matan y desaparecen. Y como digo, te acostumbras a ver a los tenderos como gente de familia que, aunque trabajen vendiendo droga, al otro día andan comprando ropa y zapatos para sus hijos o comida para la familia. Sé lo difícil que es no tener dinero ni para pagar la renta del cuarto donde vives, por eso les avisaba si veía militares en las calles.

"Vente a trabajar, vas a ganar bien", me invitaban algunos amigos Zetas. Querían que anduviera de halcona o que estuviera en una casa de seguridad cuidando personas. Decía que no, que prefería, con el perdón de la palabra, andar de puta que en la delincuencia; de puta yo sé cuánto gano, a quién soporto y a quién no; no me gusta que me manden o cuestionen. Recuerdo y siento coraje. Si ando de delincuente y me agarran los soldados van a hacerme hasta lo que no, pensaba. ¡Puta madre!, de todos modos terminaron torturándome por todo lo que me negué a hacer. A veces estoy en mi bunker y me estoy riendo sola como pendeja.

TABLEAR Y AMARRAR

Los que venden en los puntos ―tiendas de droga― pueden ser tableados por varias razones: que se droguen o emborrachen en horas de trabajo, que no obedezcan las órdenes que se les dictan y hagan otras, o que no vendan en el horario de trabajo cierto número de piezas de cocaína y/o mariguana; se les puede dar unas horas más para que alcancen a venderlas, pero si no, los tablean. También te pueden tablear por no halconear bien; a mi amiga con la que fui detenida, y que está presa en Nayarit, le reventaron el culo a tablazos por emborracharse, quedarse dormida y no halconear en su horario. Otro más, el Lalo, un amigo tendero, marcó un día a mi celular y dijo: "güey, ¿dónde estás?, hazme un paro, tráeme unas planas, alcohol y gasas; estoy en el motel El Secreto, cuarto 33".

Llegué al cuarto, toqué y abrió la puerta. Vi que estaba enredado en una toalla, sin camiseta y descalzo. "Güey, ¿estás con alguien o quieres pedo conmigo? Porque la neta no mames, somos amigos", le dije. "Estoy solo, ayúdame", rogó. Seguí sin entender para qué me había encargado el material de curación, hasta que caminó a la cama y vi con atención la parte de atrás de sus muslos.

"Agarré la borrachera ayer en la noche y no pude parar de meterme coca, consumí 25 piezas de las 100 que me dejaron, recibí diez tablazos", me dijo. "¡Ándele por pasado de lanza, pero bien que se anda metiendo las piezas de coca!", le contesté viéndole la carne de las nalgas color verde con negro. Sentí asco.

"Sin acá, no te quiero seducir, mejor hazme un paro, dame agua, las pastillas, ábreme las nalgas y cúrame, por favor", ¡me pidió que le abriera las nalgas, pobrecito!

Es que los tenderos no pueden drogarse ni tomar alcohol en horas de trabajo. Aunque repongan de su bolsa lo que consumen, así hayan sido dos piezas, los chingan, los tablean. Pueden comprar de su propia droga, pero en día de descanso. Tienen que andar al cien por ciento mientras trabajan; por eso cae el Erre de sorpresa, para torcerlos haciendo cosas indebidas.

Te dan cinco tablazos y la carne se pone morada; si te siguen dando la piel se revienta. La tabla tiene hoyitos, chupa la carne, la rompe; la sangre se coagula y quiere salirse. Lalo iba al baño y sentarse era un tormento, así duró una semana, pero para que se le quitaran los coágulos duró como un mes. Al otro día ya estaba trabajando, porque si no, los amarran con soga, por no trabajar. Si los agarras de buenas te amarran de manos y pies una semana. Te pasean en la cajuela de la camioneta en pleno calorón y nomás te despegan la cinta adhesiva de la boca para darte agua con un popotito. ¿Por qué más te amarran? Por desobedecer órdenes. Puedes orinarte o cagarte en tu ropa, pero no te desamarran para que te limpies hasta que cumplas con la sentencia. Si los agarras de malas te avientan en una casa un mes y nomás te llevan agua y un pedazo de pan para que no te mueras.

NOMBRE DE GUERRA

Le llamamos nombre de guerra al que usamos para trabajar en la prostitución. Se llama de esa manera porque es el que usamos para luchar y sobrevivir. El mío era Cristy. Tuve algunos novios. Por ejemplo, anduve de novia con un Erre de los Zetas. Un Erre se encarga de repartir la droga y checar que cada vendedor esté en su horario en los puntos de venta que están en toda la ciudad; hacen cuentas del dinero ganado, revisan cuántas bolsitas se vendieron, como si fuera corte de caja. Un Erre conoce a todos los vendedores de droga de la ciudad y si sabe de alguien que vende por fuera de la organización, le dan un levantón y lo matan. Veracruz es de los Zetas y nomás como un diez por ciento es del Cártel del Golfo.

Al Erre lo conocí un fin de semana que agarré la parranda con tres amigas, en un río en Zacate Colorado, Veracruz. Andábamos baile y baile. A unos metros estaba él con sus amigos. Era muy aventada en cuestión de desmadre. Le aposté a mis amigas que me aventaba un clavado con ropa; no me creyeron, pero lo hice. Cuando salí del río vi que dos de mis amigas estaban muy acarameladas con unos tipos: cerveza en mano y toda la cosa.

"Aquel fulano quiere conocerte, le hablé de ti y ya sabe que no traes pareja", dijo mi amiga, la que llevaba el coche. "¡No manches", contesté, "te pasas de lanza!, ¿qué tal si quieren matarme o hacer algo y tú soltando la lenguota?" El fulano se acercó y empezamos a platicar. "¿A qué te dedicas?, ¿cómo te llamas?, ¿dónde vives?", me interrogó. "¡Puta madre!, ¿eres investigador o qué?", le contesté y los dos reímos; "a ver, ¿tú a qué te dedicas?", pregunté. "Eres amiga del Lalo ¿no?, el que vende perico", dijo haciendo como que se metía una raya de coca, "pues yo soy su jefe, soy Erre". ¡En la madre! Se borró la sonrisa de mi boca, no supe bien qué era un Erre, pero sabía que era otro nivel. Convivía con halcones y tenderos, pero más arriba no. "No te espantes, no voy a hacerte daño, tu amiga me comentó que eres reloca", ¡pa'su máquina, sentí coraje, hablaba de más mi amiga! "¿Quieres una cerveza, un pase de coca?", preguntó. "Órale pues, nos chingamos el pase", le respondí.

Antes de que se fuera le di mi número de celular. Empezó una bonita amistad que luego se volvió una relación amorosa que terminó en nada. Cuestionaba mucho: "¿Dónde estás? ¿Con quién? ¿Qué vas a hacer?" Eso no va conmigo, no podía moverme libremente, sentía que era un león enjaulado. Aparte, las cosas estaban muy calientes con él. Una vez nos escondimos una semana en un hotel porque lo andaban buscando para matarlo unos policías federales. Y como yo andaba muy enganchada en la cocaína, y como con él no me costaba, pues andaba de cabrona en el mitote. Terminó pagando el dinero que debía y se salvó el pellejo.

En otra ocasión lo visité en uno de los puntos que abastecía de droga; tenía 15 minutos de haber llegado cuando recibió una llamada a su celular; colgó y muy desesperado dijo: "vete, van a chingarnos, van a caer los soldados". Lo peor es que ese día traía a mi hija porque había dicho que la quería conocer. Lo bueno es que siempre le avisaban de los operativos, pero de todos modos se hacía un desmadre. Rompimos relaciones. ¿Qué tipo de vida a mí y mis hijas nos esperaba junto a alguien así? Un par de veces fue a visitarme al bar en donde trabajaba. "Ven", rogaba y chingaba, "vamos a hablar. Hay que volver a ser novios", pero le contestaba que mejor quedáramos como amigos. La última vez que lo miré quiso quebrarme una botella en la cabeza, pero no me dejé. Supe que lo había levantado el ejército y le habían puesto una calentada, pero lo habían soltado. Sigue trabajando de lo mismo.

SEXO, DROGAS Y ALCOHOL

Cuando la ciudad está llena de militares, federales o marinos, la gente de la compañía no sale a las calles y se queda en casas de seguridad. Mandan traer mujeres que ya las tienen ubicadas. "Tráeme a tal y tal mujer de tal bar", dicen los mandos. Una madrota se encarga de pasar por ellas. "Por órdenes del comandante fulano se vienen conmigo, agarren su ropa y acompáñenme; van a pagarles bien, nada les pasará, al rato regresan", decía la madrota, según ella, por las buenas.

Las primeras dos veces me negué a irme con ella. La tercera ya no fue la madrota quien quiso llevarme, sino uno de los sicarios. "Bueno, ¿qué te estás creyendo, te crees muy vergas o qué chingados pinche perra?", puso su pistola en mi cabeza. "Tengo temor de ya no volver, de desaparecer", le contesté. "¡Vale madres, es una orden y la cumples!", me gritó. Te tratan como si fueran tus dueños, te obligan a hacer cosas que no quieres y las haces por miedo a que te maten. Se juntan a todas las mujeres y las llevan a la casa de seguridad. Hasta cierto punto puedes ver el camino, pero de determinado punto en adelante te echan una playera encima de la cabeza y te piden que cierres los ojos, que no voltees, ni tratas de mirar la ubicación del lugar; de repente estás adentro de una casa con un chingo de cabrones armados. "Si quieren que me quede varios días está bien, pero dejen avisarle a mi familia", les pedía. Daba el número de celular de mi mamá y ellos marcaban para asegurarse de a quién marcaba.

"Señora, ¿es usted la mamá de Cristy?, se la comunico. Mamá, voy a llegar en cinco días, cuida a las niñas, luego te platico", le explicaba. Tres veces fui a las casas de seguridad. Las fiestas duran tres, cinco días, hasta una semana. Mucho sexo, drogas y alcohol. Haces cosas de las que no quieres acordarte. Pero al menos te dejan avisar que estás viva y que volverás. Al final no son tan culeros; aunque supe de casos en donde las mujeres no volvían.

COMANDANTE GALO

"¿Cuánto cobras por irte conmigo?", me preguntó un señor muy malo, pero muy guapo. Llegó al bar y me sentó en su mesa. No sabía quién era, jamás hacía salidas, porque cuando trabajas en un bar nadie te respeta, eres mujer de la calle, no vales nada, te matan y a nadie le importa; siempre del bar a mi casa.

"Te voy pagar muy bien", insistió y puso bajo mi nariz una paca de billetes que sacó de la bolsa del pantalón. Finalmente va a pagarme, pero ¿y si quiere matarme?, pensaba. "No puedo salir, el patrón no lo permite", contestaba para que me dejara en paz. Andaba muy loco, a cada rato se levantaba al baño y volvía con los ojos cristalinos; se atascaba mucha coca. Con una servilleta le limpiaba la nariz. "¡No me limpies! ¿Qué no sabes quién soy?", gritaba encabronado. "No sé quién eres, ¿quién eres?", le preguntaba, pero se quedaba callado. De repente hablaba cariñoso y acariciaba mi brazo y después estaba jaloneándome. "Cálmate, contrólate", le pedía. "Te vas a ir conmigo ya", habló con fuerza y se paró a la barra a hablar con Javi, mi patrón.

No sé qué se dijeron, pero mi patrón hizo una seña de que fuera a la barra mientras el otro fue al baño a meterse más coca. "Qué más diera yo porque no te hubiera echado los ojos", empezó a decirme mi patrón, con tono de abuelo, "te recomiendo que te vayas con él y no lo contradigas; si dice que es rojo aunque tú sepas que es azul síguele el rollo; es muy sanguinario, es el comandante Galo de los Zetas".

Por temor, mi patrón, no le cobró mi salida del bar. "Diosito cuídame", me encomendé. Por mi cabeza pasaba mi mamá, mis hijas, mi hermana. Nos fuimos en una camioneta que manejaba como loco; dos estacas (guardaespaldas) iban en el asiento de atrás, llevaban cuernos de chivo y granadas de las que le dicen piñas. Terminamos en un motel. No quiso sexo, sólo que estuviera tomando y drogándome con él. No más cocaína, ni alcohol, pensaba, pero ¿y si le digo que ya no quiero y enloquece?, imaginaba mil cosas.

Seguimos inhalando y tomando cerveza hasta la mañana; él se empezó a quedar dormido. "Acuéstate a mi lado", me abrazó muy fuerte y no pude zafarme como en cinco horas. Cuando se despertó quiso llevarme a mi casa, pero se dio cuenta que le tenía pavor y que no quería que supiera donde vivía. "¿Qué acaso te hice algo anoche?", preguntó, pero no contesté. Solamente pensé: ¡Nombre! ¿Qué tal si se quiere pasar de verga con mi familia? Propuso ir de compras al centro de la ciudad. Sin estacas, sin camioneta ni armas; se fue limpio, nomás se llevó su credencial de elector; agarramos un taxi. Me pagó cinco mil pesos por mis servicios y compró el mandado para mi mamá; zapatos, leche y pañales para mis niñas y hasta un celular para mí.

Dentro de todo tenía buenos sentimientos. Lo malo es que a huevo quería saber dónde vivía. Estaba resignada, ya íbamos en taxi a mi casa cuando, por obra de Dios, le hablaron diciendo que había una emergencia. "Tengo tu número, y tú el mío", había hecho que apuntara un número de los cuatro teléfonos que cargaba, "cuídate mucho, te voy a marcar", advirtió. No quiero el celular, aunque me conviene, pensaba, es mejor llevármela tranquila y seguirle la corriente.

Pasó un mes, creí que cambiándome de bar ya no le vería. De La Preferida, pasé a La Buena Vida. Una noche estaba comiendo unos Ruffles verdes cuando entró al bar y me vio. Las piernas comenzaron a temblarme, sentí un infarto; el celular que me compró para comunicarse ni lo había sacado de la caja ―mi mamá me recomendó que ni lo tocara― seguía con uno de 300 pesos del Oxxo. Va a matarme o mínimo una desgreñada, pensé. Tres veces mandó a que fuera a su mesa con una de las muchachas. A la tercera de no ir, una compañera me pasó el mensaje: "dice el comandante Galo que si no vas a su mesa viene por ti". Fui a su mesa. "¿Qué no te acuerdas de mí? Soy inolvidable", fue lo primero que escupió. Intenté hacerme pendeja como que no recordaba, pero no pude, a la vez me gustaba y daba terror. Perfectamente recuerdo que iba vestido de tejana, cinturón, botines y una camisa vaquera negra con gallos de pelea bordados en las bolsas; se miraba alineado, muy guapo. Nuevamente no quise irme, pero terminé yéndome con él. Tuvimos sexo, nos metimos coca y tomamos whisky.

Cuatro meses después hubo un enfrentamiento entre los Zetas y el ejército; salvé el pellejo de milagro. Esa noche había quedado de recogerme en mi trabajo que estaba en el centro de la ciudad. Disque iba a pagarme mucho dinero y la chingada; ahora sí que era su juguetito, su diversión; para ellos las mujeres son eso. A las nueve estaba a dos calles del bar, iba casi llegando, cuando vi que donde están los cuatro semáforos, de un lado venía el ejército y del otro, Galo y tres camionetas más; se empezaron a dar con todo; les valió madres que hubiera gente que no tenía nada que ver; se chingaron a cuatro inocentes. Di en reversa para atrás y me escondí dando la vuelta a la esquina. Al otro día en el periódico leí: "Delincuentes y soldados se tirotean y se matan". En una de las fotos salió él hecho papilla. No le deseo la muerte a nadie, pero de cierta forma sentí tranquilidad. Porque cuando un hombre se obsesiona con una mujer es una tortura, nunca sabes a qué hora se le va a votar la canica.

SAN FERNANDO

Del cuartel militar de San Fernando nos llevaron con los ojos vendados a la Subprocuraduría Especializada en Investigación de Delincuencia Organizada (SIEDO) en la Ciudad de México. Una voz de femenina gritaba: "¡Pinches mugrosos! ¡Pinches asesinos! ¿Cómo se atrevieron a matar a tanta gente inocente?" Como a las tres horas de haber llegado me retiraron la venda y supe que habían pasado cuatro días desde mi detención en el retén. El cuerpo me dolía como si lo hubieran masticado: el dedo medio del pie izquierdo lo tenía quebrado en dos partes, las costillas inflamadas, el tabique de la nariz hinchado y moretones en las piernas; aparte no escuchaba porque con la mano abierta golpearon mis orejas al mismo tiempo como si aplastaran una lata de aluminio. Llega un momento en el que ya no puedes, son demasiados los golpes; "mejor mátenme", pedía. Un marino se divertía poniéndome la pistola en la boca o le gustaba que agarrara con las dos manos el cañón de la metralleta y la colocara en mi frente.

En la SIEDO un ministerio público tomaba mi declaración cuando entró a la oficina un marinelo encapuchado. "Dame las hojas", le dijo al licenciado. "Vas a firmar aquí y aquí", me dijo señalando dos puntos en un par de hojas de papel. Las agarré, firmé y devolví. El marino las leyó, se quitó el casco y comenzó a golpearme la cabeza; el ministerio público se volteó para no ver. "¡Firma con tu nombre verdadero, pendeja!", había firmado con el nombre que tenía en la IFE que me habían dado en Tijuana.

"¿Y por qué voy a firmar si están en blanco?", contesté. "¡Ah no vas a firmar, hija de tu puta madre! Préstamela, ahorita la traigo", le informó al ministerio público. Pasamos por un patio donde había tres filas como de 20 personas sentadas como cebollitas, uno detrás de otra, con plásticos en las manos y vendas en los ojos. Con ellos estaba sentada cuando la voz femenina nos gritaba: "¡Asesinos!" Todos eran hombres y nomás cinco mujeres: una estaba embarazada y se la llevaron a Tijuana, otra a Mexicali y a las demás a Nayarit; lo supe después. El marino me metió a un baño, me cacheteó y amenazó con hacerle a mi hija lo mismo que a los cuerpos de las fosas de San Fernando. Tanto era mi daño psicológico que me bloqueé y firmé las hojas en blanco.

De la SIEDO me llevaron al Centro de Arraigo. Tuve que usar un pants gris y una camiseta roja, el color que le dan a los arraigados por secuestro y delincuencia organizada. Fui notificada que estaría 40 días bajo arraigo. Habían pasado dos semanas después de mi detención y apenas podía usar el teléfono para hablar con mi familia. Hablé a mi casa. Cuando pensé que las cosas ya no podrían ser peores me dijo mi mamá por teléfono:

"Mija, vino a buscarte un hombre pelón, alto, de barba, dijo que se llama Óscar, preguntó dónde estabas y que si sí trabajarías con él. No supe que decirle; quedó que regresaría después", dijo mi mamá luego de platicarle dónde estaba y el por qué estaba detenida. ¡Puta madre! Ya sé quién fue a buscarme, comencé a recordar. Días antes de mi detención había estado trabajando en Tamiahua, el pueblito cerca del mar. Estaba sentada en la barra cuando llegó un señor pelón, alto, de barba y mirada de maldito; sentí la vibra del demonio. Se sentó en una mesa y me habló. "Tráeme un agua mineral, por favor, y una cerveza para ti", creo que andaba crudo. Me senté con él y comenzamos a platicar. "¿Cuánto tiempo tienes trabajando aquí?" Le contesté que mes y medio. "Y, ¿de dónde eres?" Le dije de Poza Rica. "¡Ah, eres de donde están los mugrosos! ¿O me vas a decir que no conoces a los pinches mugrosos de los Zetas?" Le aclaré: "pues he oído de ellos, pero no tengo relación con esa gente, de lejitos es mejor".

"Ahora resulta que no los conoces, está bien. Te invito a trabajar conmigo, acá con el golfito, vas a ganar mucho dinero", aseguró. En mi ignorancia le pregunté: "¿Dónde queda eso? ¿Tú con quién trabajas o qué?" "Con el cártel del Golfo", contestó. ¡Ah su máquina!, salgo de una y caigo en la otra, reflexioné. "Gracias, pero prefiero trabajar aquí", dije.

"O sea que te gusta estar soportando borrachos que te dicen pendejada y media, ¿prefieres tener que revolcarte con desconocidos hediondos?", preguntó. "Yo me revuelco con quien yo quiero", contesté molesta y ofendida. "Te hablan como si no valieras nada. Bueno, ya me voy", dijo, "te dejo mi número de teléfono; dame el tuyo". "No doy mi número", le corté la onda. "Me lo vas a dar, ¿sí o no?" Mejor se lo di porque parecía que iba a golpearme. Pasaron dos semanas y recibí un mensaje que decía: "¿Siempre sí prefieres trabajar conmigo o prefieres estar con los mugrosos de los Zetas?" Contesté: "no voy a trabajar, por favor no me moleste".

"Mamá, si regresa no le digas dónde estoy ni nada de la niña, di que te abandoné porque están involucrándome con el cártel de los Zetas y ese señor es del cártel del Golfo, ahorita con esto va a pensar que sí trabajo con los Zetas y es capaz de querer vengarse", le dije muy asustada. Porque en esto hay dos salidas: la cárcel o la muerte. Puedes escaparte de la ciudad, pero eso no resuelve el problema, te pegarán donde más te duele: en la familia. Los van a levantar y desaparecer.

Se espantó tanto mi mamá que se fue a vivir a la casa de mi abuela los dos meses que estuve en el arraigo. Con eso terminé de comprobar que las cosas te llegan solitas aunque no las busques, te pegan aunque te quites. Uno nunca sabe de quién huir, si de la delincuencia o de los militares.

CERESO

Terminó el arraigo y nos llevaron en autobús al aeropuerto del DF. Los policías dijeron que íbamos para la cárcel de Nayarit, ¿pero cuál? Apenas cruzamos las rejas aquí del CERESO y nos dijo la oficial que estábamos en Baja California; sentí que me desmayaba. Si mi familia no tuvo dinero para visitarme en el arraigo que estaba más cerquitas, menos hasta acá. Desde el día en que me fui de aventón a Reynosa, hace cuatro años, no los he vuelto a ver; solamente hablo por teléfono con ellos.

La cárcel era lo peor para mí. Estaba segura de que me golpearían para que les lavara la ropa o que me cobrarían piso por tener donde dormir; así como sale en la televisión, pero nada de eso. Durante mis primeros cuatro meses a las oficiales les hablaba con miedo, les decía afis, porque así les decíamos en el arraigo, pero me dijeron que nos las llamara así. Estoy inscrita en todo lo que puedo: en terapia de narcóticos anónimos, en macramé y en Reconstrucción Personal; un programa donde nos enseñan que valemos mucho como mujer, como madre. También estoy en la preparatoria, en libertad no había acabado la primaria. Trato de tomar las cosas de la mejor manera porque afecta bastante el encierro, más en los cumpleaños de mi hija; por eso ella es mi motorcito para salir adelante. El dolor lo he ido superando; ya puedo contar cómo me torturaron y a veces hasta me puedo reír. Nada gano mortificándome pensando que seré sentenciada a la pena máxima de más de 30 años. Brinque o me revuelque, no dejaré de estar presa. Allá, el de arriba, sabe por qué hace las cosas. Si tú estás en lo negativo, atraes lo negativo; hay que pensar positivo, pienso.

Entre nosotras hemos hablado del suicidio. Una compañera de mi celda se cortó los brazos, pero nomás hubo sangre, no pasó de ahí. Cuando se recuperó, le dijimos: "si lo quieres hacer bien hazlo en la yugular". "Es que no sé dónde", nos dijo. "No te hagas pendeja, bien que sabes dónde", le contestamos. Si nos queremos suicidar se puede con un rastrillo que tenemos escondido, pero te castigan cuando intentas suicidarte, te mandan sola a una celda y te esposan, en lugar de mandarnos con el psicólogo.

"Declaré", se supone, "que tenía tres meses trabajando con los Zetas; que ganaba siete mil pesos más cuatro mil de gastos quincenales; que me encargaba de ir al pueblo (San Fernando) a comprar víveres para darle de comer a los borregos o cabritos, como le dicen a los secuestrados; y que cuando iba por comida también checaba si había unidades de la Marina y las reportaba.

Tengo 23 años. Desde que llegué aumenté de peso cinco kilos, ahora peso 65. He aprendido a valorar desde un plato de comida hasta el aire que respiro. Durante varios meses el padre de mi hija envió dinero, después dejó de hacerlo. Hace dos años hablamos por teléfono, sabe que estoy presa. Lo último que supe de él es que quiere conocer a su hija. No ha ido para Veracruz porque renunció a la fábrica Panasonic en Tijuana, puso un taller de computadoras y no lo puede dejar.

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