RELATOS Los Caletri a Los Arizmendi "El Mochaorejas", las familias mas sanguinarias del Secuestro en México

Si se intenta una definición del secuestro en México necesariamente pasará por el apellido Caletri y, sin remedio, mencionará al estado de Morelos.

En realidad, la vena del plagio mexicano nace en ese estado con una familia de rancheros que aportarían varios aspectos modelo de esa industria criminal. Les decían Las Víboras de Tlayca, el pueblo de donde surgieron para luego fundar una auténtica “institución” en las cárceles del DF, esa otra gran cepa de secuestradores…

Hermano Coraje, Pasaban las seis de la tarde y el año de 1995 terminaba en el Reclusorio Oriente. Nicolás Andrés Caletri miró a los suyos y asintió con la cabeza. Conocía bien el momento, el del revólver hormigueando en su mano derecha. Los demás apretaron las armas pasadas que habían ingresado de contrabando en las últimas semanas.


Caletri avanzó con Héctor Cruz Nieto y otros cinco. Amagaron a los custodios del dormitorio.

Los ataron de pies y manos con alambres y vendas para salir de la crujía. Sometieron con un cachazo en la cabeza al guardia que encontraron y forzaron la puerta que da a la exclusa del módulo. Encañonaron a cada guardia que encontraron y llegaron al área de visita íntima, donde tomaron como rehenes a dos custodios, convertidos en escudos en la carrera hacia la caseta 12, frente al área de servicios generales.

Ahí dominaron a otros dos vigilantes. Se apoderaron de dos escaleras extensibles para salir al patio de maniobras. Golpearon a dos supervisores y a dos policías. Los encerraron en la caseta de servicios generales. Ingresaron al cinturón de seguridad. Tirotearon las torres seis y siete. Los policías se acurrucaron sobre los talones y asomaron las escopetas y las R15. Pero los amotinados eran cascadas de balas. Sin soltar el gatillo, los reos colocaron las escaleras plegables en la muralla perimetral. Los alcanzó el resto incluido en el plan, entre ellos José Luis Canchola Sánchez El Canchola, Benito Vivas Ocampo El Viborón y Modesto Vivas Urzúa La Víbora. Arriba de la barda miraron la calle por primera vez en años. Se descolgaron con un gancho hecho con varilla y pedazos de tela anudada.

Caletri se desprendió a metros del suelo. Cayó sobre los talones y los sintió de talco. Ya sabía que el cuerpo es también un obstáculo. Ignoró el dolor. Corrió. Estaba libre de nuevo y otra vez tenía banda. Corrió con las puntas de los pies, como los velocistas. Iniciaba su carrera de secuestrador.

Caletri nació en Guerrero el 3 de enero de 1956. En 1988 se casó con E., con quien tuvo un hijo a quien llamó A. Tiene siete hermanos: Amada, Juan José, Rosa María, María Idalia, María Eugenia, Octavia, Vicente –fallecido– y Matilde. Apenas terminó la primaria, donde aprendió a escribir en la letra manuscrita que mantiene hasta hoy. Bebía poco, prefería la marihuana.

Trabajó de 1973 a 1976 en Servicios Especiales de la Armada de México. Ahí aprendió a boxear y solicitó su baja voluntaria al poco tiempo de la muerte de Josefina, su madre. Con el dinero ahorrado y con el que recibió por su cese, compró máquinas de coser y abrió un pequeño taller de costura. En 1981 emprendió un pequeño negocio de confección de ropa de mujer. Surtía comercios del oriente del Estado de México.

En alguna ocasión conoció a unos comerciantes de Yucatán inconformes con el precio de los intermediarios. Acordaron la venta directa y el trato funcionó bien hasta el día en que le pagaron con cheques sin fondos. Caletri buscó a los yucatecos, pero desaparecieron.
El taller de costura quedó cerca de la quiebra. Caletri luchaba por levantarlo cuando conoció a tres amigos de su costurera. Uno de ellos, Manuel Hernández, le propuso asaltar la casa del dueño de una rosticería de pollos en Los Reyes La Paz. Caletri aceptó. Esa primera vez permaneció en el auto. Los demás entraron en la casa y salieron con varios objetos, dinero y alhajas. Hicieron tres robos por el estilo, pero las ganancias eran tan raquíticas y el riesgo tan alto que pensaron asaltar bancos. Faltaba el método y Manuel comentó que podrían pedir trabajo a un auténtico profesional. Se citaron con él afuera de la fábrica de Pedro Domecq, que también se ubicaba en Los Reyes La Paz. Cuando Nicolás llegó, Manuel estaba con dos hombres. Uno era Leonardo Montiel el León, el otro, enorme y fornido, era Alfredo Ríos Galeana, recién fugado de la cárcel de Pachuca, Hidalgo. Después conoció a José Bernabé Cortés Méndez el Marino, ex integrante de la Armada de México, y Álvaro Darío de León Valdés El Duby.

Caletri y Ríos Galeana platicaron durante 10 minutos. Quedaron de verse al día siguiente en el puente de Los Reyes. Cuando Caletri llegó, ya estaban todos. Era lunes, alrededor de las ocho de la mañana. Ríos Galeana los llevó a un banco del centro de Ixtapaluca que asaltaron en cuestión de minutos. Caletri contó millones por primera vez en su vida. Sacaron 150 millones de pesos viejos sin ningún problema y a él, como a cada uno de los demás, le correspondieron 15 millones de pesos, porque, y esta fue otra lección de Ríos Galeana, la plata se repartía en tantos iguales.

Siguieron a un banco en Chiconcuac, Estado de México, al parecer un Bancomer vigilado desde días antes. Nuevamente se robaron 150 millones de pesos. Usaron escopetas, rifles de asalto R-15 y pistolas. Esta vez, Caletri recibió 20 millones de pesos entregados en alguno de los parques de cemento y tierra de Ciudad Neza. Exploraron el Distrito Federal y asaltaron un banco en la glorieta de Huipulco, en Tlalpan.

El método de Ríos Galeana, descrito por su alumno Caletri, resultaba sencillo y folclórico, tal como era el maestro. Seleccionaban la sucursal en función de la cantidad de bolsas con dinero que las camionetas de seguridad entregaban. La noche anterior al asalto, cualquiera de la banda robaba un coche grande donde cupieran todos. Antes de entrar, vigilaban el sitio para saber si ese día el camión entregaba bastante dinero. Si era así, avisaban a los demás. Llegaban en el auto robado y lo estacionaban cerca de la entrada del banco.

Entraban con calma y en silencio. Afuera quedaba el chofer en el carro robado esperando la huida. Otros dos hombres armados, llamados “muro” –como se hace en el lenguaje policiaco–, eran responsables de cubrir la huida con fuego si la policía llegaba. Los de adentro amagaban a los clientes y al personal. Un miembro de la banda elegido previamente se dirigía al gerente del banco, lo encañonaba y le exigía abrir la bóveda. En los asuntos que le tocaron, Caletri tomaba las bolsas de dinero, lo que le imponía la triple desventaja: correr con peso, no portar un usil de asalto (por tener sólo una mano disponible) y ser el blanco favorito en un eventual choque con la policía. El grupo salía del banco y subía al vehículo robado que ya estaba en marcha.

El conductor manejaba cinco cuadras hasta donde los ladrones habían dejado estacionados sus vehículos legales. Abandonaban el auto robado y en calma abordaban los otros, dos participantes en cada coche. Todos, en caravana, seguían una ruta establecida hasta la casa de seguridad, donde sólo entraba el auto que transportaba el dinero. La plata se contaba a la vista de todos. En los asaltos bancarios en que participó Alfredo Ríos Galeana, fue siempre él quien amagó al gerente en el camino a la bóveda. Y gritaba: “¡Ya llegó su padre, Alfredo Ríos Galeana, y quiero mi lana!”.

La suerte terminó para Caletri en 1982. Fue detenido por la Dirección Federal de Seguridad frente a su familia en la colonia Maravillas de Ciudad Neza. La cárcel fue el inicio de su propia carrera y el final de su relación con Ríos Galeana. Entró al Reclusorio Sur del Distrito Federal donde pasó los siguientes cinco años de su vida. En 1987 fue trasladado a Santa Martha Acatitla, donde estuvo cuatro años más. En la Peni, Caletri tenía una cafetería, un restaurante, y se convirtió en prestamista. Ahorró dinero y conoció gente.

Esta vez, el 16 de enero de 1992, la señal serían tres estallidos en el cielo. Adrián Gutiérrez Torner debía llevar unas sábanas convertidas en cuerdas. Minutos antes de las siete de la mañana, El Marino y Eduardo Carranco Guzmán, ex convicto y compadre de Caletri, se situaron en la calle y lanzaron los cohetes. Apenas estalló el último, lanzaron una lluvia de fuego al interior de la cárcel. José Luis Ramírez González, custodio apostado en el garitón cinco, vio a varios convictos que corrían hacia la caseta de vigilancia del dormitorio cinco. Escuchó que se rompía un cristal y algo húmedo y caliente escurrió por su cabeza. Sangraba.

Escuchó varios disparos hacia su torre, no desde el interior de la prisión, sino desde afuera. Alcanzó su arma y observó que tres internos avanzaban rápidamente por el cinturón de seguridad. Disparó. La tempestad que venía de la calle recrudeció y se combinó con disparos hechos desde adentro por los amotinados. Las armas habían sido guardadas y custodiadas con anterioridad por El Gringo Brady en el dormitorio siete de la penitenciaría. Ramírez González debió guarecerse nuevamente. Sintió que las escaleras metálicas de su torre se cimbraban. Con la mirada baja, sólo vio un pequeño cañón que le apuntaba y escuchó que alguien decía: “A este ya se lo llevó su pinche madre”. Silencio y luego el escándalo de la alarma general.

El Brady presintió la calle bajo sus botines negros. Corrió hacia el garitón, pero perdió el equilibrio y cayó al piso en la zona de seguridad. Quiso levantarse y fingir que nada había pasado. Pero uno de sus tobillos se había convertido en un trapo. Gutiérrez Torner llegó a la quinta atalaya sin suficientes sábanas. Encontró al Rambo, a Leonardo Montiel y al Duby. Hicieron una torre humana para bajar. Gutiérrez Torner sintió miedo y saltó. Cayó en la maleza y quedó en silencio con las muelas apretadas, queriendo aullar. Ahí lo encontraron, con las rodillas partidas. Todos los demás lo lograron. Alcanzaron los autos dispuestos para continuar el escape y fueron a una casa de seguridad. Cuando recapturaron al Duby explicó sus motivos para huir: “Sí, acepto que me brinqué la barda para irme por la presión que hay en este penal, porque hay muchos locos ahí, drogadictos  y de todo eso. No aguanto yo estar con gente así”.

El Duby tenía su historia propia. En abril de 1989, la policía encontró un cementerio clandestino en Matamoros, Tamaulipas, con 15 cuerpos mutilados por los “ahijados de Satán”, jóvenes sicarios del cártel del Golfo. Las ejecuciones ocurrían en ritos sacrificiales dedicados al diablo. El 6 de mayo de 1989 fue detenida Sara Aldrete Villarreal, una rubia enorme a la que señalaron como “La Madrina” o la sacerdotisa del grupo. El mismo día y por la misma causa fue aprehendido El Duby.  La mayoría de los ejecutados fueron policías que trabajaban como “madrinas” o informantes para el cártel del Golfo, entre ellos se encontraban Joaquín Manzo Rodríguez y Roberto Rodríguez, ambos eran agentes antinarcóticos de la Policía Judicial Federal. En la fosa también aparecieron Rubén Vela Garza y Sergio Rodríguez, asesinados cuando intentaron robar tres toneladas de marihuana haciéndose pasar por judiciales. El Duby y los demás fueron llamados Los Narcosatánicos.

Tras la fuga, el grupo se ocultó 20 días en una casa de seguridad. Los hombres del Marino les llevaron comida y ropa. El grupo se mudó a Atizapán y regresó al oriente de la ciudad, a Chiconautla. Ahí planearon los nuevos asaltos. El Marino organizó al grupo. En abril planearon el robo de la sucursal Banamex de División del Norte y Churubusco, frente a la alberca olímpica.

Ricardo Arredondo El Richie y El Monterrey robaron un auto Celebrity en la colonia Narvarte, mientras que el Marino atracó una camioneta de Telmex que abordaron la madrugada del día siguiente para dirigirse al Distrito Federal; sería su primer golpe después de huir de prisión. Era 10 de abril de 1992.

A las 9:50 de la mañana, la camioneta de Telmex se detuvo frente a la sucursal. Caletri amagó al policía Alfredo Montoya Arreola, apostado adelante en una patrulla de la policía bancaria. Uno de los hombres armados le dijo al guardia de la entrada de la sucursal, Ángel Solís Moncada: “Si haces un movimiento te rompo la madre”. Ángel desistió de cualquier intento de sacar su pistola. Uno de los asaltantes golpeó en la cabeza al vigilante Ambrosio Flores Hernández y otros amagaron a los demás vigilantes. Vicente, hermano de Caletri, y el Duby y entraron al banco. Otros dos sometieron a un indicador. Uno más se dirigió a una cajera: “¡Danos las llaves o te cogemos aquí mismo!” Alcanzaron la bóveda. “¡Lléname este costal, y si queda algo los mato con todo el dinero que tengan!” Bocabajo, empleados y clientes escucharon el coro. “¡Uno, dos, tres, cuatro… vámonos!” Huyeron con más de 394 millones de pesos.

El 13 de mayo de 1992, en la esquina de Félix Cuevas y Amores, colonia Del Valle, a unos policías les pareció sospechoso un Ford Fairmont azul. Al registrarlo, los engomados no coincidían entre sí. Iluminaron con las linternas y encontraron armas de fuego y pastillas psicotrópicas. También a Héctor Cruz Nieto.

La situación era delicada en la ciudad de México. El Duby tenía familia en Matamoros y la banda decidió tomar vacaciones en Tamaulipas. A la semana se aburrieron y regresaron. Se desviaron a Matehuala, San Luis Potosí, donde El Duby también tenía unos amigos. Conocía a Guillermo Jiménez Látigo desde la secundaria. El primero se hizo bandido y el segundo agente de la incorregible Policía Federal de Caminos, ya también desaparecida. Jiménez Látigo estaba destacado en Matehuala, donde recibió la llamada del Duby. Quedaron de encontrarse. Guillermo buscó a su compadre Fernando Martínez Facundo en su rancho Los Cedrales, en Vanegas, San Luis Potosí.

El policía llegó con seis hombres, incluidos los hermanos Vicente y Andrés Caletri. Preguntó si podía alojarlos en el rancho. Martínez Facundo aceptó sin importar las armas que llevaban en la cintura. El Marino se interesó en el rifle automático AK47 de Martínez Facundo y pagó sin chistar cuatro millones de viejos pesos por el cuerno de chivo. El anfitrión también le vendió al Duby una pistola calibre .45 marca Colt. Los hombres estaban de buen humor. Como no hay vacaciones sin fotos, uno de ellos sacó una cámara fotográfica y toda la banda posó con las armas.

A la mañana siguiente, dividieron la banda en dos y asaltaron de manera simultánea dos bancos de Matehuala. Al León le tocó un tiro en la rodilla y no pudo escapar. La banda se reagrupó. Metieron las armas largas en petacas deportivas y éstas en la cajuela de la camioneta azul con franjas en los costados del Duby. Herido El León, el grupo regresó con el presentimiento de la sangre.

El Duby manejó parte de la madrugada del 31 de agosto de 1992. En Hidalgo, después de Ciudad Sahagún, una patrulla de la Policía Federal de Caminos los detuvo. El oficial le pidió los documentos al Duby, y éste le explicó que no traía licencia, pues el chofer era Caletri, quien descendió para hablar con el oficial. Le mostró una licencia de manejo –a nombre de José Alan Calero Rojas– y la tarjeta de circulación al policía Gerónimo García Castaño. Hablaron tres minutos a dos metros y medio de la patrulla colocada detrás de los ladrones y ocupada por el oficial Gustavo Sánchez Baylón.

–¿Qué llevan atrás? –preguntó Gerónimo.

–Nada –respondió Caletri sin convencerlo.

–Abre la cajuela –pidió el policía.

Las torretas de la patrulla daban pinceladas azules y rojas a la fresca madrugada del campo abierto de Hidalgo. Los faros también estaban prendidos y, a pesar de los vidrios polarizados, el policía Sánchez Baylón notó las maletas. Lo comentó y Gerónimo pidió a Caletri que las bajara. Dentro de la camioneta sólo se veían sombras. El asaltante dudó.

–¡Ábranlas! –ordenó Gerónimo.

Caletri trató de argumentar algo, pero esa madrugada no estaba para convencer a nadie. A dos metros de distancia, la luz y el plomo viajan a la misma velocidad. En la primera ráfaga de relámpagos, Gerónimo cayó al suelo, delante de la patrulla. Sánchez Baylón salió, desenfundó y respondió. Minuto y medio de fuego. Se quiso guarecer detrás de su vehículo y sintió un marrazo en la cadera derecha. Rengueó y se ocultó. Cambió el cargador y disparó de nuevo, pero el arma se trabó. Abrió el mecanismo e hizo un último disparo. Se dejó caer a la cuneta de la pista y rodó hacia la hierba. Permaneció inmóvil. Trataba de contener el jadeo, el grito de dolor. Pasaron cuatro minutos. Los ladrones arrancaron la camioneta y se fueron sin quitar el dedo del gatillo. Sánchez Baylón volvió a la carretera y buscó a su compañero. Aún estaba vivo. Trató de arrancar la patrulla. No pudo. Pidió ayuda por radio y llegó una ambulancia. Gerónimo murió en el hospital de un tiro calibre .45 que salió del arma en cuya venta participó Jiménez Látigo, su compañero.

Caletri había sentido cómo el fuego le entraba por la parte baja de la espalda y se le anidaba en los intestinos. Perdió el conocimiento. Kilómetros adelante, la banda abandonó la camioneta. Los federales revisaron entre las vestiduras llenas de sangre y encontraron la cámara fotográfica y dentro el rollo de película. En el laboratorio aparecieron los viejos conocidos. En una imagen, Leonardo Montiel Ruiz posaba con una subametralladora Ingram y a la altura de la cintura del lado izquierdo una pistola tipo escuadra. Andrés Caletri López cargaba un fusil M-1 con mira telescópica y en la mano izquierda una granada de mano. El Marino presumía una carabina AK47 en la mano derecha y a la altura de la cintura tenía clavada una pistola escuadra. El Duby mostraba a la cámara una granada en la mano derecha y en la cintura del mismo lado una escuadra.

Alguien más apareció en las imágenes. Martínez Facundo. Algún policía no dudó: “Es el compadre de Jiménez Látigo”.

El 1 de septiembre, una de las hermanas de Caletri, María Idalia, recibió una llamada del Hospital Rubén Leñero para que visitara al enfermo Nicolás Rojas Hernández. Después recibió varias llamadas anónimas con la aclaración de que se trataba de su hermano. La amenazaron –en esto coincidirían las declaraciones de los hermanos Caletri–: si no se hacía cargo del herido, matarían a sus tres hijos. También debía conseguir una clínica particular para el traslado del ladrón. María Idalia encontró un pequeño hospital en Nueva Aragón, Ciudad Neza.
Ocho días después, la Policía Judicial Federal recibió una llamada anónima, en sus oficinas de Cuernavaca. El pitazo adelantaba que la banda responsable de la muerte del federal Gerónimo García Castaño se reuniría en Los Reyes La Paz, sobre la carretera México-Texcoco, en el restaurante El Texcocano. Dos automóviles se estacionaron frente al comedor a las siete de la noche. La policía reconoció de inmediato al Marino y al Duby. El Marino corrió, disparó y sacó de una mochila de cintura una granada de mano. Se la llevó a la boca para sacarle la espoleta. El Marino, relacionado con al menos 67 homicidios, más de 50 asaltos bancarios y dos fugas, murió en el intento de estallar la piña.

También fue detenido José Luis Zamora Cornejo, formado, como El Duby, en la escuela de Ríos Galeana. Zamora Cornejo sería capturado nuevamente en mayo de 2000 mientras tenía secuestrado a Carlos Arizmendi Suárez, hijo y sobrino de los secuestradores Aureliano y Daniel Arizmendi El Mochaorejas.

Pretendían cobrar dos millones de dólares y luego vendieron el secuestro. Antes, en 1999, ya con los Arizmendi presos, el mismo Carlos Arizmendi fue secuestrado junto con sus hermanos, por cuyo rescate la familia de secuestradores debió pagar un millón 200 mil pesos. Zamora Cornejo identificó a Daniel Vanegas Martínez –hermano de la amante de Arizmendi y preso en una cárcel de máxima seguridad– como el informante de la situación económica de la familia del Mochaorejas. Zamora Cornejo no dijo mucho más. A los dos días de su último apresamiento fue encontrado muerto en un separo de la coordinación antisecuestros de la PGR. Una de las mangas de su camisa estaba atada al cuello y la otra a una de las rejillas del dormitorio.

Al día siguiente de la balacera en Texcoco, Caletri se dio de alta ante la insistencia del médico de la clínica privada de dar parte al ministerio público. María Idalia rentó un cuarto en la colonia Nueva Aragón, a cinco cuadras de su casa. Lo visitaba dos o tres veces a la semana, y contrató a alguien de confianza para que alimentara al herido y fuera a la farmacia cuando algo se necesitara. Ensopado por la fiebre, Caletri podía conciliar el sueño sólo durante algunas horas. Únicamente dormía en paz si tenía dos alacranes debajo de la cabeza. Dormía con un revólver .38 y una escuadra .45 debajo de la almohada.

La policía siguió a María Idalia. La detuvieron junto a su hermano Vicente y ambos llevaron a los oficiales al cuarto.

“¡Hija de la chingada, me traicionaste!”, aulló Caletri, ignorante de la muerte del Marino y la detención del Duby.

Se revolvió y sacó una pistola debajo de la almohada y disparó sin importar que entre él y los policías estuvieran sus hermanos. No hirió a nadie. Él mismo estaba demasiado herido.

En el Hospital General Balbuena se redactó meses después el parte médico de su estado:

Paciente que en septiembre de 1992 sufrió herida por proyectil de arma de fuego a nivel lumbar sin orificio de salida. Fue atendido en el hospital donde se efectuó laparotomía exploradora. Ingresó al Reclusorio Oriente con diagnóstico de ileostomía derecha, fístula mucosa del lado izquierdo y desnutrición de segundo grado. Su evolución ha sido buena. Se encuentra orientado globalmente, cursando su séptimo mes de pos operado con buen estado general, con peso dentro de lo normal, condiciones generales para reintervención quirúrgica, con ileostomía derecha canalizando gases y heces.

Caletri andaba por la vida con una bolsa de plástico en el costado derecho por donde defecaba sin control. Convaleciente, permaneció hasta el cuarto o quinto mes de reclusión en el área de celdas de nuevo ingreso. En ese tiempo entró a prisión un policía judicial del Distrito Federal llamado Camerino López, a quien pronto rodearon varios internos con la idea de matarlo, pues lo acusaban de haberlos detenido. Sin conocerlos, Caletri se refirió a los hombres como sus amigos. A partir de ese momento, los policías se escudaron en el ladrón.

“Esto lo hice con otros policías y comandantes de quienes no recuerdo sus nombres, pero entre ellos había un comandante acusado de dar protección [al narcotraficante] Rafael Caro Quintero”, declararía Caletri. Mejoró su salud y fue trasladado al módulo de máxima seguridad del Reclusorio Oriente. Se encontró con José Luis Canchola Sánchez El Canchola, otro asaltabancos. Y, más importante, conoció a Modesto Vivas Urzúa la Víbora y su familiar Benito Vivas El Viborón, recluidos por secuestro.

Las Víboras de Tlayca

Si Ríos Galeana le enseñó a Caletri el método para el asalto, El Viborón le dio cátedra de secuestro.

Las Víboras y sus principales socios, los hermanos José, Francisco y Liborio Colín Domínguez, se conocieron de niños en la milpa de Tlayca, municipio de Jonacatepec, Morelos. Era un pueblo de 500 personas cuyos niños dejaron de soñar con ser campesinos o migrar a Estados Unidos. Su fantasía era el secuestro. En esa zona del oriente de Morelos ocurrió su primer secuestro, el de Hugo Colín, hijo de José Colín Domínguez, homónimo del secuestrador de su hijo y próspero cebollero de la zona. Era 1983. Arizmendi, Caletri y Canchola eran sólo aprendices de ladrones. El agricultor exigió hablar con su hijo para asegurarse de que pagaría por un hombre vivo. El mensaje fue claro. Llegó una mano del muchacho.

–Ya me lo mataste, no te pago –dijo airado don José en la siguiente llamada.

Entonces le mandaron el brazo.

–Me lo hiciste pedazos, ya no es el mismo. No te pago.

Un mes después, el cuerpo de Hugo fue hallado en una barranca. Destrozado.

El nombre del secuestrador y asesino retumbó en las cañadas de la sierra morelense: Modesto Vivas Urzúa y su apodo, para los habitantes de los alrededores, debía corresponder con su esencia: la Víbora, quien habría aprendido el oficio de su mismo padre, el dueño del huevo de la serpiente. El rumor dijo algo más de él. Tenía un diablo grabado en el corazón y otro en la espalda; una víbora los unía de lado a lado.

El 22 de octubre de 1993 se giró una orden de aprehensión contra El Viborón, Miguel Ángel Vivas Urzúa y Luciano Urzúa Vivas por el asesinato de Raúl Aguirre Rosas y los secuestros de Efraín Sotelo Eloísa y Gabriel Gutiérrez Albarrán. Las Víboras no andaban solos. Al menos desde entonces trabajaban con Israel Ávila Hernández el Ronco. Se les perseguía además por encubrimiento y asociación delictuosa.

En 1994, Las Víboras fueron detenidos y presos en el Reclusorio Oriente de la ciudad de México. Llegaron la Víbora, Gaudencio Cuenca Palacios la Gata, Eugenio Cuenca Palacios el Pelón, el Viborón, el Ronco, Maximiliano Vivas Ocampo el Max, Julio Vivas Urzúa el July, Carlos Mandujano Gómez y Sirenio Alvear Pérez, estos dos últimos acusados también por delitos contra la salud. La policía los relacionó con 15 plagios a empresarios y comerciantes de Morelos, Querétaro, Puebla, Tabasco, Hidalgo y el Estado de México, con ganancias totales de cinco millones 210 mil nuevos pesos. También con el asesinato de dos comandantes y un policía de la Judicial de Morelos y la muerte de un corredor de caballos que se resistió al levantón.

Los secuestros y los secuestradores, como si fueran parte de una red infinita, nunca terminan de tejerse. La malla unió las vidas de Las Víboras y los Arizmendi. La relación se dio por medio del Ronco.

El secuestro de Karlio Alonso Hernández, hecho a mediados de 1996 por la banda del Mochaorejas, coincidió en tiempo y lugar, Ciudad Neza, con el plagio de otro joven, Alberto Quiles, hijo del entonces Diputado priísta Eduardo Quiles. El comandante Alberto Pliego asesoró al político. De la calle llegó la noticia de que Alberto estaba plagiado en la discoteca Skates, propiedad de Arizmendi. Armaron un operativo. La policía hizo detenciones y rescataron a un joven ensangrentado al que le faltaba una oreja. Pero no era Alberto, sino Karlio. Este rescate es la primera referencia documental de la relación que tuvieron el policía Pliego y el secuestrador Arizmendi. El plagio de Quiles continuó.

“No le avises a la policía, hijo de tu pinche madre, porque si no mato a tu hijo”, exigió una voz gruesa al Diputado y éste pagó 700 mil pesos.

La policía judicial del Estado de México supo que los secuestradores estaban en una casa de Los Reyes La Paz. Tras un tiroteo, detuvieron al Ronco y otros dos. Admitieron el plagio de Quiles y de 20 personas más. La captura se dio gracias a que antes fue apresado El Viborón, a quien hicieron escuchar un casete de las negociaciones de Quiles con el secuestrador, cuya voz reconoció como la de su compadre Israel Ávila Hernández. Se descartó la participación de Arizmendi en ese asunto.

Pero se obvió el testimonio de Araceli Morán Ramírez –relacionada con Arizmendi–, quien declaró bajo protección especial a testigos: “Daniel Arizmendi me comentó de un encargo que le había pedido el Diputado Quiles y que, a pesar de haberle cumplido, no le había pagado. Por eso secuestró a su hijo”.

El Diputado Quiles negó cualquier relación con Arizmendi.

En marzo de 1996 la Víbora fue al penal federal de Puente Grande, en Jalisco. El Viborón, Héctor Cruz y Alfredo García Santiago chocaron en 1997 con la policía de Puebla y murieron. En abril de ese año, Maximiliano Vivas Ocampo y siete integrantes de la banda fueron detenidos.Julio Vivas Urzúa El July sigue libre, según el listado de los más buscados de la PGR.

El municipio de Tlayca vería florecer entre los suyos a otras dos bandas. La capitaneada por Francisco Colín Domínguez El Chale, y sus descendientes Los Jeremías, dirigidos por Asael Alejandre Roldán. Este último se “suicidó” el 18 de abril de 2008 en las instalaciones de la Subprocuraduría de Investigación Especializada en Delincuencia Organizada de la PGR, en una zona con circuito cerrado de televisión y vigilancia las 24 horas del día.

La herencia de Las Víboras es un árbol genealógico de al menos 107 secuestradores, uno de ellos, fundamental en el crecimiento de la Hidra, fue Nicolás Andrés Caletri.

Andrés Caletri se recuperó en el Reclusorio Oriente del balazo en la parte baja de la espalda. Estaba en proceso por asociación delictuosa, daño en propiedad ajena, defraudación fiscal, evasión de presos, homicidio calificado, lesiones leves, portación de arma prohibida, posesión de armas para uso exclusivo del Ejército y robo simple. Muchos años. Resurgió la idea de la fuga. El Canchola y Héctor Cruz Nieto tenían las armas de fuego. Se fugaron el 30 de diciembre de 1995 y se ocultaron en una casa de Aragón durante 25 días. El Canchola y Héctor Cruz Nieto bebían demasiado y andaban por cualquier parte en un auto robado.

El resto del grupo se imaginó de regreso a la prisión y se separaron. Las declaraciones de Caletri y Canchola son coincidentes en esto: nunca más volvieron a trabajar juntos. La policía insiste en que sí y en que Canchola quedó subordinado a Caletri. En los expedientes de uno y otro, la única concurrencia es la fuga de 1995.

Veinticinco días antes de la fuga del Reclusorio Oriente, las autoridades carcelarias ya sabían de los planes de evasión. Pero el rumor soplaba hacia Eduardo Carranco Guzmán, Néstor Williams Galindo y Efraín Montes de Oca, cuñado de Caletri y también aprendiz de Ríos Galeana; entonces se ordenó que éstos fueran trasladados.

Pero los demás se fugaron.

El contacto en el exterior señalado por el Canchola fue Alejandra Cortez Lagos La Pécoras, novia de Cruz Nieto. La mujer introducía droga para el grupo al interior de la cárcel y, el mismo día de la fuga, los encontró en el Vips del aeropuerto a las 11 de la noche. En la versión del Canchola se reunieron seis: El Viborón, Caletri, Cruz Nieto, El Armando, la Víbora y él mismo. Alejandra los acomodó en la casa de una amiga, en la Avenida Central de Ecatepec.

“Comenzamos a tener problemas y nos fuimos la Víbora, Armando y yo al Hotel Ecatepec y después a otros hoteles de la ciudad. Nos detuvieron y regresamos al Reclusorio Oriente 42 días después de que nos habíamos escapado”, declararía el Canchola.

Tras separarse del Canchola y La Víbora, Caletri, Cruz Nieto y El Viborón siguieron al suroriente del Estado de México. Se ocultaron un mes en la casa de un amigo de Caletri, en Amecameca. El receso terminó y, como el Viborón conocía cada metro de Morelos, escogieron asaltar la sucursal de Bancomer en el centro de Cuautla. Cruz Nieto sumó dos miembros a la banda, Héctor Peralta Vázquez el Papis y Erick Sánchez Chávez El Erick. Se llevaron un millón 100 mil pesos.

El Viborón planteó que el secuestro era más rentable y más seguro que los asaltos bancarios. Fue convincente y Caletri se hizo secuestrador a mediados de 1996. Raptaron al propietario de unos establos en la carretera que va a Cuautla. No hubo persecución ni cuernos de chivo a media calle. Entraron al rancho y se metieron por el hombre a la habitación que tenía convertida en oficina, como si atracaran la bóveda de un banco.

Lo llevaron a un pueblito cercano a Chalco y lo interrogaron. Se equivocaron de hombre. Tenían al yerno del dueño de los establos. Pero siguieron adelante. El Viborón, el experto, negoció y en cómo hacerlo le dio una lección a Caletri, quien resolvió la segunda parte más arriesgada para un secuestrador, recoger el dinero. La primera es detener a la víctima y llevarla a la casa de seguridad. Caletri recogió el dinero en Los Limones, una comunidad cercana a Tlayca, Morelos, la tierra de Las Víboras.

Dos meses después plagiaron al propietario de una bodega de fertilizantes y alimento para ganado. Participaron el Viborón, Héctor Cruz Nieto, Caletri y Liborio Colín Domínguez el Alacrán, también oriundo de Tlayca. Siguieron los pasos del trabajo anterior. Armados, llegaron a la bodega a las orillas de Cuautla. Arrastraron al hombre hasta unas cuevas cercanas a Tlayca. Lo cuidaron Caletri y El Alacrán.

Caletri vivió la siguiente separación de su banda a finales de 1996. El Viborón propuso a Caletri y el Alacrán el plagio del agricultor de cebollas a cuyo hijo habían levantado y asesinado los mismos Víboras 12 años atrás. Liborio se rascó la cabeza. “Ese señor tiene familiares en el Ejército y la policía”, sentenció y se negó a participar. Caletri siguió el ejemplo. Al día siguiente, Cuautla se llenó de los rumores del secuestro del cebollero. Caletri y El Alacrán subieron a las cuevas donde vivían, a dos kilómetros y medio del caserío. Desde la altura veían todas las entradas del pueblo. A los tres días, como si fuera un hormiguero pisado, observaron Tlayca infestado por policías corriendo por todos lados. José Colín Domínguez, el secuestrador, subió a la caverna y todos se alejaron caminando hasta un pueblito cercano. Caletri no cesaba de maldecir mientras huía. Dejó un millón de pesos ocultos entre el maíz guardado en la troje de Liborio. Y, según sus palabras, no supo del Viborón y de Héctor Cruz Nieto hasta 1997, cuando leyó en la prensa que habían muerto en un tiroteo con la policía.

Caletri continuó con un secuestro que en realidad no inició él. Fue el plagio de un vendedor de ropa en Tepito, a finales de 1996. Lo levantaron  el Erick, Juan León Maya el Brandon, Moisés El Moy y Víctor Hugo Anduaga Campos El Negro. Lo cuidaron Caletri y El Alacrán; un hermano de éste, Francisco, les llevaba la comida. Moisés pidió a Caletri que llevara las negociaciones. En las enseñanzas del Viborón, el negociador no podía ser un fantasma sin nombre. Caletri se identificó como Mantequilla y Napoleón. Se le atribuyeron otras claves: Capricornio, el Mexicano, Pirata, Zedillo –en alusión al presidente de México–, Centauro del Norte y Fidel Castro.

Las negociaciones que dirigía Caletri no duraban más de un mes. El secuestrador consideraba que si la familia no reunía el dinero en ese tiempo ya no podría juntar más. Cuando transcurrían los 30 días, se comunicaba con los familiares, preguntaba cuánto tenían y daba indicaciones para el pago.

Caletri aceptó haber participado en seis secuestros más, pero en adelante sólo lo hizo como negociador y cobrador. Quienes hacían los levantones le proporcionaban los números telefónicos de los familiares de las víctimas y demás datos necesarios para plantear el rescate. En ocasiones, Caletri señalaba al siguiente secuestrado, otras se enteraba del plagio hasta que alguien le pedía contactar a la familia del secuestrado o, en los últimos casos, simplemente ir por el dinero. Aunque el negociador es identificado como el líder de la banda, principalmente por tener certeza del monto a pagar, en varios de los asuntos en los que trabajó, Caletri desconoció toda la parte anterior del plagio tradicional: selección de la víctima; investigación de sus bienes y los de su familia, las rutinas de uno y otros; asignación de funciones entre los miembros de la banda; disposición de la casa de seguridad; robo de autos para la operación de detención; levantamiento de la víctima; plan de traslado; ubicación del secuestrado en la casa de seguridad; interrogatorio; cuidado, y, con frecuencia, soborno a la policía.

Caletri, según las versiones policiacas, es retratado como el dueño de un conjunto de bandas de secuestradores. Pero a la vista de los expedientes era más bien un comodín que sólo participaba en dos de las partes más comprometedoras del secuestro, la negociación, por el registro de voz, y el cobro, pues ya no existe la ventaja de la sorpresa y la presencia de un secuestrador es obligada. Otro segmento de alto riesgo es la compra de protección con las autoridades. Por eso las bandas que más perduran no son simples células, sino estructuras donde sólo algunos saben con certeza quiénes son todos los cómplices.

Si Arizmendi dio una lección sobre el uso de la violencia como el principal valor de su empresa y la constitución de ésta a partir de la familia, la carrera de Caletri es muestra de cómo las prisiones mexicanas son el mejor medio para el establecimiento de una red criminal flexible, en la que algunos de sus integrantes se relacionan con cierta independencia y se convierten en verdaderos seleccionados nacionales del crimen. Dos hombres son ejemplo de esto. El Papis y el Jarocho, compadres entre sí. Trabajaron bajo las órdenes del Marino, brazo derecho de Ríos Galeana; Caletri; El Negro Anduaga, y El Coronel. El Papis operaba los secuestros y asaltos en el terreno físico sin asomo de miedo, entendiendo perfectamente el estado de ánimo del resto del grupo y motivándolo.

El Jarocho es el doctor Jekyll y míster Hyde y la pócima que convierte a uno en el otro es un arma de fuego. De carácter introvertido a pesar de su origen veracruzano, se transforma con cualquier tipo de arma de fuego en la mano, como si el pedazo de metal se hiciera parte de su cuerpo, útil no sólo para disparar, sino como objeto contundente. Y es excelente al volante. La combinación le resultaba intimidante a los policías en los enfrentamientos.

El Papis y El Jarocho estuvieron nuevamente juntos en la Penitenciaría del Distrito Federal. Y las historias que salen de ahí difieren de la idea construida de Caletri, de quien se dice que hasta hizo fajina, sin habilidad de planear, disparar ni manejar. Pero cada gramo suyo estaba hecho de coraje.

El cuarto secuestro en el que trabajó Caletri fue el de un hombre joven con negocios en tianguis. Fue levantado por Moisés, el Negro, el Erick, Juan León Maya y el Papis. Nuevamente Caletri y el Alacrán lo mantuvieron oculto en las cuevas de Tlayca. A mediados de 1997, la banda secuestró al dueño de una fábrica de carrocerías de microbuses. Lo secuestraron Moisés, Erick, Víctor Hugo Anduaga Campos, El Oaxaqueño, El Papis y Juan León Maya. Fue cuidado por el Chaparro. Siguió el socio de la empresa Tameme, en los últimos meses de 1997. Caletri ignoró dónde lo tuvieron cautivo. “Sólo participé junto con Víctor, el Papis y Erick en el cobro del rescate en las vías del tren de Ciudad Sahagún, pues las negociaciones las hizo Víctor Hugo Anduaga”.

En su séptimo asunto, Caletri recuperó el papel de negociador y habló con la esposa del secuestrado, quien suplicaba por la vida de su marido por no tener dinero.

“Le voy a cortar la cabeza y me lo voy a comer en pozole”, dijo Caletri.

La forma de cobrar siempre fue la misma, tomada del manual del Viborón. Según palabras del propio secuestrador, pactado el rescate, Caletri daba indicaciones para su entrega. No le gustaba cobrar de día. Pedía a la persona responsable de transportar el dinero que llenara el tanque de gasolina del auto y que llevara un celular –cuyo número debía proporcionar a Caletri y a nadie más–, así como todos los detalles del vehículo. Indicaba una ruta determinada, donde había algún miembro del grupo vigilando que no llevaran policía ni compañía. Verificado esto, Caletri recibía el visto bueno de su compañero y entonces señalaba la verdadera ruta a seguir, generalmente un camino de terracería que seguían hasta la señal acordada: una bandera de México, un garrafón de agua vacío o una camisa roja. Ahí debían dejar el dinero. Caletri salía de un escondite cercano, tomaba el dinero y caminaba campo traviesa hasta siete horas para evitar cualquier sorpresa. Siempre llevaba la .38 súper que le compró a un camionero en la Central de Abasto del Distrito Federal. Si el dinero estaba completo y sin marcas, liberaba al secuestrado.

A finales de 1997 les tocó al propietario de unas minas en el Distrito Federal, Eusebio Carranza, un hombre diabético, y a su hijo de cinco años. Juan León Maya el Brandon buscó a Caletri para avisarle que ya tenían a la persona. También lo levantaron Pedro Oliva García el Chaparro, un indígena oaxaqueño integrado en sus inicios delincuenciales con Ríos Galeana, y dos paisanos suyos, uno de ellos apodado el Gelatina, porque siempre temblaba, como si tuviera un incesante tic nervioso. Caletri negoció con la hija mayor del empresario. Como prueba de vida, la mujer le pidió el nombre de un caballo que tenía su padre. El hombre dio el detalle de que el animal podía abrir la cerca de su caballeriza con el hocico.

“Después de este secuestro –declaró Caletri– perdí comunicación con Víctor Hugo Anduaga Campos, Juan León Maya, el Papis, el Erick y el Gelatina. Se sentían con mucha seguridad para hacer sus secuestros solos. Esto fue a finales de 1997. Yo me enteré por el programa de televisión Duro y Directo que detuvieron a Víctor Hugo el Negro Anduaga”.

* * *
Andrés Caletri pensó en el retiro y se ocultó en la ciudad de Puebla con un millón de pesos. Nadaba y jugaba basquetbol en el club deportivo Britania. No tuvo domicilio fijo. Vivió durante cortas temporadas en hoteles pequeños del estado y alguno de Huamantla, Tlaxcala. Conoció a una mujer, Yolanda la Güera. Se enamoraron. El plagiario compró una camioneta usada Cherokee 1997 color gris en poco más de 200 mil pesos y un Mustang rojo 1995 en 190 mil pesos. A principios de 1998 recibió una llamada del Chaparro, quien le propuso el noveno secuestro y último delito en el que Caletri admitió su participación. La víctima fue el dueño de una pollería, como lo fuera el primer hombre a quien Caletri aceptó haber robado en su vida. Después de ese trabajo, Caletri presintió a la policía y dejó los autos con la Güera, a quien también le encargó 500 mil pesos, y siguió camino a Oaxaca.

“La Güera y yo nos habíamos fotografiado juntos. Ella le dio el rollo a su sobrino Cristian para que lo revelara”, declararía Caletri, desmemoriado de las revelaciones hechas por el rollo fotográfico encontrado tras el tiroteo en Hidalgo, cuando un policía murió y él resultó herido.

“El sobrino de la Güera le entregó las fotos incompletas diciendo que todavía no se las habían entregado. No era cierto. Supo que yo hacía cosas fuera de la ley y le proporcionó las imágenes a un Policía Judicial del Distrito Federal al que apodaban el Oso. Le dio también la dirección de la casa donde ella vivía. El Oso llegó con otros 10 policías, quienes la detuvieron cuando conducía el Mustang rojo. La secuestraron y se la llevaron a una casa, donde la mantuvieron durante varios días y la golpearon varias veces. Cuando los policías se dieron cuenta de que en verdad ella no sabía dónde podían localizarme, le exigieron un millón de pesos. Ella les entregó los 500 mil pesos en efectivo que yo le había dejado y vendió los dos vehículos para completar. Ella estaba embarazada y a consecuencia de los golpes abortó al hijo que íbamos a tener”.

Al secuestrador sólo le quedaban los 300 mil pesos que le tocaron del último trabajo. Vagó un mes por Puerto Escondido, Oaxaca, y se refugió después en un pueblo del Océano Pacífico llamado El Charquito, donde Caletri, según sus palabras, dejó de ser secuestrador para convertirse en pescador. Tal vez. Nunca fue ni pretendió ser un hombre sofisticado.

Se encontró tan pobre como estaba cuando 17 años antes lo defraudaron los yucatecos. Se estableció en Pinotepa Nacional, Oaxaca, cerca de donde nació, y compró un terreno de 25 metros de ancho por 23 de largo, a la orilla de la Laguna de Corralero. Construyó una casa minúscula y rentó terrenos en los alrededores para sembrar jitomate y papaya. De alguna manera se profesionalizó. Consiguió asistencia de un ingeniero agrónomo para uso de plaguicidas y trató con un comprador en la Central de Abasto.

Caletri tenía tres años sin ver a su esposa e hijo, a quienes siempre envió dinero. Les hablaba desde casetas públicas de los pueblos de Rancho Viejo, La Estancia o Mancuernas. Siempre le pedía a su mujer que a su hijo le diera pequeñas y progresivas dosis de verdad para que entendiera su ausencia. La policía ya tenía intervenido el teléfono de la caseta a donde se comunicaba Caletri para hablar con su esposa.

–¿Cuándo nos vamos a ver? –preguntó A. a su padre.

–Me voy a poner de acuerdo con tu mamá –respondió Caletri y pidió hablar con E.

Comentaron sobre la exhumación de los restos de Vicente (hermano de Caletri) de un panteón del Estado de México para enterrarlo en un cementerio de Pinotepa Nacional, donde estaba enterrada su madre, y a donde Caletri no pudo ir porque la policía no se despegaba un minuto.

En otra conversación, en diciembre de 1999, E. comentó del robo de un Volkswagen por parte de los “perros”, en referencia a los policías.

–Pero eso no importa –dijo ella–, me encontraron un tumor en la matriz. Me deben operar y me la van a quitar. Estoy muy triste, porque quiero tener otro bebé. Me siento muy sola.

–No es posible. No puedo ir por todos los problemas. Tú sabes bien cómo está la situación –explicó Caletri.

–Me pueden hacer una inseminación artificial en un banco de semen…

–Yo debo ser el papá.

–Entonces déjame verte.

–No. La situación está muy difícil, tú lo sabes. No puedes venir. Pero haz lo que tú consideres. Para que estés tranquila cómprate otro carro y una casa allá –quiso confortar Caletri, en referencia a un sitio en Querétaro, donde el padre de E. tenía un terreno.

“Empecé a ganar un poco de dinero y había decidido ya no delinquir”, declararía Caletri. Tarde para él. Vivió en Corralero menos de un año.
El 21 de febrero de 2000, bajo el sol de mediodía que incendia cada átomo de polvo, Caletri salió de su parcela. Manejó el Renault 18 modelo 1980 color negro, su último auto, y se detuvo frente a la caseta telefónica de Rancho Viejo. Sacó de su cartera negra un papelito amarillo donde tenía anotado el teléfono de la caseta de Chalco, Estado de México, a la que se comunicaba con su hijo. Pidió por A., como hacía cada mes. La mujer que contestó le pidió hablar nuevamente en 10 minutos para ir por el niño. Caletri esperó. El calor derretía el horizonte. Miró su reloj y pidió de nuevo la llamada. Padre e hijo se saludaron, iniciaron la rutina sobre las clases de natación, ayudar a su madre, portarse bien. De la tierra chamuscada apareció una estampida de policías.

Soltó el auricular.

Dijo llamarse Fernando Ramírez García, les mostró una credencial de elector y una licencia de conducir, pero al poco tiempo admitió su verdadero nombre. Esculcaron su auto y encontraron sus últimos ocho mil 100 pesos y, al lado, la vieja Colt .38 súper, tipo escuadra y cromada, como el alacrán que lo arrullaba en las noches de fiebre y pedazos de estómago saliéndole por el cuero.

“Coopero con la autoridad y por ello he manifestado todos los hechos que son de mi conocimiento y en los que he participado con el objeto de que no se inmiscuya a mi esposa ni a mi hijo. Me han dicho que si colaboro la situación de mi esposa se resolverá conforme a derecho.”

En el único momento en que se mostró altivo durante el interrogatorio, Caletri diría:

“Personalmente jamás utilicé protección de la policía. No confío en la policía […] Que yo sepa, nunca he tenido un apodo. Nunca he permitido que me digan de ninguna manera distinta a mi nombre”.

Pero Caletri, como con todos los habitantes de su mundo ocurre, también fue rebautizado. Se le llamó el Hermano Coraje. *

Fuentes documentales:

Averiguación previa PGR/UEDO/006/00.

Averiguación previa por la evasión: IZP/70-9/1020/02-06.

Causa penal 37/82 en el Juzgado 29 de lo Penal por los delitos de homicidio, asociación delictuosa, robo condenado a 19 años, cinco meses.

Toca penal 16/94 instruida por el Tribunal Unitario del Primer Circuito.

Causa penal 26/94 por portación de arma de fuego reservada para uso exclusivo del Ejército, Armada y Fuerza aérea instruida por Fernando Hernández Piña, juez 2 de Distrito en Materia Penal del Distrito Federal.

Causa penal 124/92 por homicidio, portación de arma de fuego reservada para uso exclusivo del Ejército, Armada y Fuerza área, asociación delictuosa, cometido contra funcionarios públicos, lesiones y portación de arma de fuego resuelta contra Andrés Caletri y Álvaro Darío de León Valdez; sentencia de 14 años de prisión por la juez 3 de Distrito en Materia Penal del Distrito Federal, Olga Sánchez Contreras.

Causas penales 12/92, 88/92 y 92/92 por los delitos de evasión de presos, robo y asociación delictuosa instruidas por el juez 16 de lo Penal del Distrito Federal, Roberto Martín López.

Causa penal 165/92 por robo instruida por el juez 16 de lo Penal del Distrito Federal, Roberto Martín López.

Causa penal 28/2000 resuelta por Octavio Bolaños Valadez, juez 3 de Distrito en Materia de Procesos Penales Federales en el Estado de México. Sentencia dictada el 17 de octubre de 2008.

Causa penal 124/92 Juzgado 3 de Distrito.

Cuando en el futuro se revise la abundante historia delictiva mexicana, uno de los capítulos más gruesos será sobre el secuestro; el estado de Morelos aparecerá como primera cita y uno de los personajes principales será Daniel Arizmendi, “El Mochaorejas”, hombre de una crueldad que supera, a veces, la imaginación. Arizmendi es un producto casi completamente morelense: ahí nació, allí fue policía judicial y allí aprendió a robar autos; allí ocultó a su familia y los centenarios de oro que arrancaba a las familias de sus secuestrados, luego de mutilarlos. La parte de Arizmendi que no es morelense, es mexiquense: creció en Neza, se inició allí como secuestrador y es la Policía Judicial local la que lo protegió.

Gran parte de esta historia está escrita en primera persona. El periodista tuvo que recurrir a más de 60 fuentes para reconstruir un relato que tiene mucho de cinismo y revela el alma oscura de uno de los personajes más nefastos de la historia reciente de México.
Cuando lea usted este relato, piense que en estos momentos cientos o miles de familias están viviendo la misma tragedia, mientras que cientos o miles de secuestradores caminan por las calles de México en total impunidad.

El secuestro es el delito que más ha crecido en la actual administración federal… 
Secuestro: Todos los caminos llevan a Morelos,

He sido un hombre de oficios. El primero lo aprendí al lado de mi padre y fui tejedor de chambritas y bufandas en su taller, un cuartucho miserable y perdido en el llano de polvo y smog al que llaman Ciudad Nezahualcóyotl, el coyote hambriento, el rey poeta. El último procedimiento de mi oficio definitivo lo conocí en la memoria de la mano ensangrentada de un tío, herida por el vidrio de una botella rota de cerveza: corrió al patio e incendió un pedazo de estopa, despidió la flama de un soplido y la apretó contra el manantial rojo. Dejó de escurrir sangre antes que terminara de gritar. Por eso, cuando yo llevé por primera vez una tijera hecha para destazar pollos a la oreja de algún hombre, con mi hermano Aurelio arrodillado en su pecho, hice fuego un pedazo de trapo y lo puse junto a su cabeza. Ese fue mi bautismo. Ese día dejé de ser un Daniel cualquiera, un Arizmendi como los demás. Ese día nació el Mochaorejas.

Yo nací en Miacatlán, Morelos, el 22 de julio de 1958. Mis padres fueron María López y Catarino Arizmendi. Migraron a la ciudad de México en 1967. Así llegamos mis hermanos Juan Ubaldo, Aurelio, Diego y yo. La calle tenía por nombre un número, Seis, en la colonia San Juan Pantitlán, en Iztapalapa. Me hicieron una prueba para entrar a la escuela. Reprobé y, a los nueve años, repetí el segundo año de primaria en la escuela Juan de la Luz Enríquez.

Catarino fue alcohólico, celoso hasta la enfermedad y golpeador de la madre de Daniel. El maltrato físico no terminaba en María, sino que continuaba a los cuatro hijos, Daniel el segundo de éstos. Y no sólo el hombre golpeaba al muchacho de orejas enormes, la madre también lo hacía. El matrimonio terminó cuando Daniel tenía alrededor de ocho años. Los muchachos se quedaron con ella, pero María también huyó de ellos y regresaron con Catarino. Daniel decía que cuando su madre muriera no lloraría ante su cadáver.

Siempre fui tranquilo. Jugué trompo, canicas y balero. También me gustaba estudiar y repetí el quinto año de primaria. Luego fuimos a vivir a la calle de Mario 101, en Ciudad Nezahualcóyotl. Entré a dos secundarias. Una estaba en Los Reyes La Paz, la otra en Neza. No terminé en ninguna, ni siquiera el primer grado, y a los 16 años trabajé en el taller de mi padre. Tenía seis máquinas tejedoras de lana. Hacía bufandas, gorras y chambritas para bebé. Ganaba 240 pesos, poquito más que el salario mínimo de entonces. Trabajaba de las seis o siete de la mañana a las dos o tres de la tarde. Después jugaba futbol con mis amigos. Trabajé en el taller hasta los 20 años de edad. Me hice novio de María de Lourdes Arias. Ella estudiaba en la Escuela Nacional Preparatoria de Zaragoza de la Universidad Nacional Autónoma de México. Nos casamos, porque quedó embarazada de mi hijo Daniel.

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