La Operación Cóndor: Entre el Ejército y el crimen organizado

Los soldados dispararon, sin provocación de por medio, a la camioneta en la que viajaban tres adultos con cinco niños, en un camino del municipio de Sinaloa de Leyva. Murieron una mujer y una pequeña de tres años de edad.

Otro caso: los soldados disparan, matan a cuatro hombres y hieren a dos, en Santiago de los Caballeros, Badiraguato. Luego se comprueba que no traían armas ni realizaban ningún acto ilícito. El primer caso ocurrió en junio de 2007 y el segundo en marzo de 2008.

No es por este tipo de hechos, sin embargo, que en la sierra todavía hay pueblos donde todos los hombres huyen cuando llegan los militares. La costumbre es vieja.
Pablo Moreno, ahora funcionario sesentón del gobierno estatal, fue presidente municipal de Sinaloa de Leyva a los 28 años de edad, y recuerda que le llegaban vecinos desesperados porque los militares se habían llevado sin permiso sus vehículos de doble rodada, los únicos con que se podía subir a ciertos puntos de la sierra.

Luego los abandonaban allá, todos deshechos.
Eran los tiempos de la Operación Cóndor, cuando Sinaloa conoció que había generales que eran unos caballeros, pero también mandos que no respetaban a ninguna autoridad civil, dice Moreno.

Fidel Velázquez, cabeza de la entonces todopoderosa Confederación de Trabajadores de México, trajo a la plana mayor del sector obrero a Culiacán, para en un mitin respaldar al entonces gobernador Alfonso G. Calderón: Lo que le hagan a Calderón se lo hacen a la CTM, dijo el entonces sempiterno.

Pero en ese 1977 ni el poder de Velázquez pudo evitar que la Operación Cóndor tuviera entre sus saldos el éxodo masivo de la sierra a las ciudades, el comienzo del fin de la producción de goma de opio y el principio del trasiego de cocaína, que a su vez fue base para el surgimiento de los poderosos cárteles del narcotráfico.

Los serranos aplican aún varios calificativos a esa etapa, pero ninguno como inacción, pasividad o cobardía, los que el presidente Felipe Calderón endilgó a sus antecesores. Al contrario, la actividad fue tan frenética que consiguió la desaparición de cientos de comunidades y el crecimiento sin freno de las gavillas. Tenemos miedo de que eso vuelva a pasar, dice ahora un ex alcalde de la sierra.

Treinta y dos años después, en la parte sinaloense de la sierra hay mil 459 comunidades, de las cuales sólo seis tienen más de 500 habitantes y ninguna llega a los mil pobladores. La mayoría son, en realidad, caseríos de apenas cuatro o cinco viviendas.

Eso no significa que no haya gente opulenta. Dueños de camionetas enormes que el ex alcalde describe como obsesionados con las bolsas de marca (las mujeres) y con las botas de piel de cocodrilo, de colores lila o naranja (los hombres).
El enojo de Ferrusquilla

El derroche mayor, dice el ex alcalde, es en fiestas. Hace poco hubo un bautizo en un ranchito con muchas carencias. La comunidad está jodida pero llevaron al Coyote y su banda, y a Los Titanes (dos de los grupos más cotizados del tipo de música preferido en la zona).

La fiesta. Parte del alma sinaloense, sin duda. Aunque son minoría entre los migrantes, los sinaloenses tienen gran éxito con sus restaurantes del otro lado de la frontera: la música de banda y los mariscos estilo Sinaloa les dan un toca sin par, dicen los migrólogos. Y los narcocorridos no son el único problema.

José Ángel Espinoza Aragón, más conocido como Ferrusquilla, se enoja sólo de recordar la letra de la pieza más conocida del himno sinaloense por antonomasia. “Me da tristeza, porque los sinaloenses no somos así, que dejen la melodía, ¡pero no con esa letra! ‘Por Dios qué borracho vengo…’”, dice la canción.

Ferrusquilla, lúcido y dicharachero a sus 90 años, detesta ese pasaje, pero más otro que dice: “Me gusta una que ande sola/ y que no tenga marido/ pa no estar comprometido/ cuando resulte la bola…” Al autor de Échame a mí la culpa le parece el peor exceso del machismo, quien no concede a El Sinaloense otro mérito que sus primeros compases, que escribió el arreglista, esos son los que provocan el alboroto.

Ferrusquilla escribió una canción que prefiere para su estado: “Entre la sierra y el mar/ se extiende su territorio/ que el sinaloense tenaz/ convirtiera en un emporio…”
La cara del autor de Cariño nuevoforma parte de una campaña del gobierno estatal: científicos, artistas, intelectuales, personajes notables del estado prestan su imagen para probar que aquí hay otras caras, no sólo aquellas por las que se ofrece recompensa. Pero ninguno de ellos sale en Forbes.
Matar abejas
En Santiago de los Caballeros, tierra de los Caro Quintero, las pruebas confirmaron que las víctimas no iban armadas ni realizaban ninguna conducta ilícita. Se trató de una privación arbitraria de la vida perpetrada por militares en contra de un grupo de civiles, violación grave a los derechos humanos y delito sancionado por la ley penal como homicidio (Impunidad Uniformada, Human Rights Watch, abril de 2009).

Los casos enunciados al principio de esta nota han sido ampliamente documentados por la Comisión Nacional de Derechos Humanos y organismos como HRW. Son casos que han permitido a estos organismos cuestionar el papel de los militares en tareas de seguridad pública y poner en duda, con pruebas, lo justo de la justicia militar.

Ha habido agravios, dice el senador sinaloense Mario López Valdez, que cuenta los acontecimientos descritos entre los muy lamentables que le restan prestigio o reconocimiento al Ejército.
El legislador pone por delante la necesidad de estar con el presidente Felipe Calderón en esta guerra, pero, como muchos otros priístas, su apoyo sólo es “en términos generales. La estrategia antinarco es lo único que hace brillar al Presidente, y es como darle un garrotazo al panal y después querer matar a tiros a las abejas”.

Los tiros, por lo demás y como se ha documentado, a veces no matan a las abejas, sino a los ciudadanos que también se cuidan de sus piquetes.
“Piensan hallar cuernos de chivo y nos encuentran a nosotros”
En Surutato se ríen del asombro de los visitantes primerizos. “Piensan hallar aquí al serrano con el cuerno de chivoy las botas, y nos encuentran a nosotros”, dice entre risas Maribel López Ortiz, dueña de una tortillería y orgullosa hermana de Gustavo, quien con su esposa Elda Aída construye las primeras cabañas ecoturísticas en la población más grande de la sierra, lo que es mucho decir.

Surutato es una verdadera metrópoli por estas tierras. Tiene calle principal, un hotel, todos los servicios y hasta un cuartel militar, desde siempre. Esa es la razón, quizá, por la cual sus habitantes no cumplen con el estereotipo del serrano.

–¿Tienen problemas con los militares?
–No –responde Gustavo, muy serio, y luego se ríe. –No tenemos problemas con ellos porque nomás hacemos lo que dicen.
Hasta hace unos meses, el viaje a Culiacán llevaba siete horas. Ahora son tres, aunque la carretera pavimentada todavía no alcanza a llegar hasta esta suerte de La Marquesa de la sierra sinaloense.

Convertir a Surutato (tierra entre dos aguas, en lengua caíta) en un destino ecoturístico no acarreará problemas a los nuevos empresarios. Siempre hemos tenido visitantes que vienen a acampar y nunca ha habido problemas con las personas que se dedican a eso, dice Maribel. Eso, claro, es la siembra o tráfico de drogas. Además de las cabañas ya rentan cuatrimotos y venden artesanías, con una inversión estatal a fondo perdido.

¿Y el gobierno federal? Pues aquí está el Ejército. Lo demás, dicen en Surutato, son calcomanías con la leyenda Vivir mejor que han tratado de poner en todas las casas, incluso donde no viven familias beneficiarias del programa Oportunidades. Lo demás son puras estampitas.

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