Felipe Calderón y el encuentro con el hombre de su pesadilla: "te llevaste a mi hijo, y los cuarenta mil muertos de esta (narco)-guerra"

CIUDAD DE MÉXICO.- –¿Café? –preguntó Calderón. Sicilia asintió. Al poco rato, el mismo oficinista que lo atendió al llegar entró con dos tazas de café.

El golpe que Javier Sicilia y su familia recibieron a raíz del asesinato de su hijo Juan Francisco y sus amigos llevó al poeta no sólo a gritar su indignación y a denunciar el crimen ante los corruptos estamentos del poder público.

Lo empujó a una vertiente de organización de familiares de víctimas pocas veces vista en el país y que dio origen al Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad. 

En su novela autobiográfica El deshabitado, que comenzará a circular bajo los sellos Grijalbo y Ediciones Proceso, Sicilia, colaborador de este semanario, se afana en describir su dolor, relata los pormenores de creación del MPJD, narra sus encuentros con Felipe Calderón y otros hombres del poder, y deja ver la honda crisis que a él, hombre de fe, lo despobló de sentido. Con su autorización, aquí se adelantan fragmentos de la obra.

–¿Y bien? –preguntó el presidente.

Sicilia terminó de servirse el azúcar y, mientras se lamentaba de no poder fumar, levantó la vista y registró la mirada de Calderón: una mirada curiosa y a la vez inquisitiva. A pesar de todo lo que despreciaba su política y de que lo consideraba soberbio, esa forma del mal que nubla la inteligencia; aun cuando en Filipinas el rostro de los asesinos de Juan Francisco había tomado en su psique el suyo, no sentía en ese momento ninguna animadversión hacia él.

Tampoco experimentaba el nerviosismo que un encuentro de esa naturaleza debía suscitar.

–Tú sabes, Felipe –dijo por fin Sicilia, con la misma voz cavernosa y pausada que el presidente había escuchado hacía semanas del otro lado del auricular. Su tono no era alto sino bajo, como si hablara para sí mismo, como si leyera un poema en voz alta en la soledad de una habitación, y Calderón volvió a sentir algo de la atmósfera de su pesadilla: el hombre que le gritaba algo inaudible – que el próximo jueves, el 5 de mayo, iniciamos nuestra marcha hacia el zócalo, y he venido aquí, en primer lugar, para saber quién eres y para que tú sepas quién soy. En las luchas políticas a los adversarios suele demonizárseles. Afuera se dicen cosas horrendas de ti –yo mismo no te tengo en buena opinión – y sé que aquí adentro los duros de tu gabinete, de tu partido, y quienes creen agradarte, te han de contar cosas espantosas de mí. Quizá tú mismo no tengas una buena imagen mía y no quiero llegar hasta aquí cargando a cuestas a un demonio ni que tú esperes a otro. Eso no ayuda. He venido, en primer lugar, a que nos conozcamos –y se preguntó por qué había dicho dos veces en primer lugar: ¿había una segunda razón?

–Muy bien, cuéntame tu vida.

–Mi vida –concluyó – se dirigía hacia otro lado, hacia los fundamentos propios de una verdadera vida política y espiritual, y de la exploración del alma en ella. Todo eso se acabó, Felipe. Debo ahora enfrentarlo y vivirlo de otra manera. Ahora, cuéntame la tuya.

Calderón terminó de beber su café, apretó el botón de un timbre portátil y pidió otro. Dio de nuevo dos grandes tragos y, tocado por las evocaciones del hombre que tenía frente a sí, se sumergió en su pasado, en los recuerdos que nos hacen por momentos olvidar aquello en lo que nos hemos convertido, y comenzó a hablar de su infancia, de su casa en Morelia, Michoacán, de su padre, del que al final se distanció políticamente, de lo mucho que había influido en su vida y en su militancia política, de Margarita Zavala y sus tres hijos, de los largos años de lucha y sacrificios para romper la hegemonía del antiguo régimen, de lo duro y difícil que era ser presidente y de la religión por la que comenzaba a sentirse contrariado.

–Por cierto, ¿cómo está tu fe? –preguntó.

Sicilia no se asombró. La pregunta entraba en los terrenos que mejor conocía y que, a pesar de haberse vuelto nebulosos y vacilantes en él, no había dejado de recorrer cada día como un ciego. Se lamentó nuevamente de no poder fumar y después de beber el café en un intento por apagar su deseo de nicotina, dijo:

–Si le preguntas a mi razón, no existe. Estoy frente al absurdo.

Sin embargo, algo me dice que allí está, en una zona muy densa, muy desnuda y profunda de mi alma sobre la que, sin embargo, me es imposible decir nada. No hay lenguaje que alcance para decir lo que es o en lo que se ha convertido. Pero está. De lo contrario no estaría aquí. Me habría pegado un tiro –“o”, pensó reconociendo los abismos de su ira, “habría venido a matarte” –. ¿Y la tuya?

Calderón suspiró y, después de un instante, respondió con fastidio:

–Ya no sé si creo.

–¿Por qué?

Por unos momentos la mirada de Calderón se volvió ausente, como si buscara el momento en que la perdió. Sicilia observaba con atención el hastiado silencio de ese hombre que había perseguido el poder como un perro a un señuelo. Conocía ese tipo de fe que, anclada en la ideología, podía perderse como se pierden unas llaves.

–No importa, Felipe. Son asuntos difíciles de explicar. Sin embargo, ahora que sabemos algo de lo que somos, de que, perdida o no, hemos compartido la misma fe, voy a decirte a partir de ella en qué condición he venido hasta aquí… He venido como Natán a ver a David.

Calderón salió de sus sombras. Se había descuidado y ahora, en su imaginario, el hombre de su pesadilla tomaba el control de la conversación. ¿A qué venía esa comparación? ¿A dónde quería llevarlo? Recordó la historia: el rey David tenía muchas esposas.

Pero deseaba a Betsabé, la mujer de Urías, uno de sus más fieles y valientes soldados. Un día la llevó a su habitación, la poseyó y la dejó encinta. Para borrar su adulterio y quedarse con ella envió a Urías a uno de los frentes más peligrosos de la guerra contra los amonitas donde, abandonado por sus soldados, lo mataron. Indignado, el profeta Natán fue a ver al rey y le contó una historia:

“Había dos hombres en un pueblo, uno rico y otro pobre. El rico tenía muchos rebaños de ovejas y bueyes, el pobre tenía sólo una corderilla que había comprado; la iba criando, y ella crecía con él y con sus hijos. Llegó una visita a casa del rico, y no queriendo perder una oveja o un buey, tomó la cordera del pobre y convidó a su huésped”. El rey, que sabía ver la injusticia en los otros, se indignó:

“El hombre que ha hecho eso es reo de muerte”. Entonces Natán le dijo: “Ese hombre eres tú”.

“¿Se referiría al asunto con Patricia Flores?”, pensó. Era una idiotez. Eso estaba zanjado. Margarita, con mucha finura, había logrado poner las cosas en su sitio. Por allí no estaban sus debilidades.

Calderón lo miró con una distante amabilidad:

–Yo no me he llevado a la mujer de nadie.

–Tienes razón, Felipe –respondió con seriedad –, pero te llevaste a mi hijo, y los cuarenta mil muertos de esta guerra son responsabilidad tuya.

Sicilia había tocado el punto neurálgico, el motivo fundamental que lo llevó a la plaza pública y que lo tenía ahí. El río hasta ahora contenido por la cautela se desbordó. Calderón dio un manotazo sobre la mesa y levantó la voz:

–¡Ustedes no quieren que haga mi trabajo!

–Por supuesto que sí –contra lo que Sicilia hubiese esperado de sí mismo, la ira no apareció, tampoco el nerviosismo ni el miedo. Era como si, situado en la pobreza espiritual a la que se había reducido su vida, su ego estuviera ausente –. Lo único que se te pide es que lo hagas bien y no lo has hecho. Haber sacado al ejército a las calles sin haber reformado las instituciones del Estado, que se encuentran llenas de podredumbre, fue una inmensa irresponsabilidad que está costando demasiadas vidas.

–No iba ni voy a permitir que los delincuentes sometan al país –continuó bajando el tono, pero sin perder el énfasis –. El ejército, frente a la corrupción de las policías, es la única institución que puede garantizar eso.

–Ese es tu equívoco: creer que los delincuentes están sólo en las calles y no dentro del Estado. Si tuvieras instituciones sanas no tendríamos el 98 por ciento de impunidad. Los criminales asesinan como lo están haciendo porque el Estado está podrido, porque dentro de él hay una inmensa corrupción y porque el propio gobierno no ha dejado de mandar mensajes delincuenciales. 

¿Dónde está Estrada Cajigal, que cuando fue gobernador de Morelos mantuvo vínculos con el crimen organizado y usó el helicóptero del estado para pasear muchachitas, entre ellas a la hija del Azul? Ese hombre que pertenece a tu partido ¿no continúa impune en el gobierno?

¿Dónde está Adame, que criminalizó a mi hijo, que no ha hecho nada por encontrar a sus asesinos y que el día en que los narcos decretaron un toque de queda cerró las instituciones y se escondió como una rata? ¿No continúa siendo gobernador? Y tú, Felipe –pensó en ese barbarismo, un crimen contra la lengua, con el que había iniciado su mandato impugnado duramente por la oposición de la izquierda –, ¿no enviaste un mensaje de este género cuando dijiste: “Haiga sido como haiga sido”? Es el mensaje que a esta nación no han dejado de mandar todos los gobiernos desde la Colonia.

–Una frase desafortunada, es verdad –respondió con un mayor esfuerzo para contener su disgusto. No entendía por qué estaba tolerando todo aquello. ¿Compasión frente a la presencia de una víctima, esos seres cuya aura de dolor genera una extraña vergüenza, como si ante ellas, cuando no se es un dictador, se sintiera una deuda? ¿Astucia política? ¿Una manera de mover con cautela las piezas de ese ajedrez donde su adversario lograba una avanzada profunda que buscaba deslocalizarlo? No lo sabía. Simplemente sentía una necesidad perentoria de justificarse, de demostrar que, a pesar de todo, tenía razón contra él y contra quienes se empeñaban en golpear la política fundamental de su régimen, la razón de un hombre al que se le había encomendado la dura y grave responsabilidad de los destinos de una patria herida –. Pero mi mandato es legítimo y he demostrado tener las manos limpias, como la gente que está en mi gabinete, como el ejército.

Delante de la congestión de su rostro, de la ceja izquierda que enarcaba cuando se sentía molesto o amenazado, Sicilia recordó la carta que Carlos Castillo Peraza –mentor, amigo de Calderón y el artífice de la transición que lo llevó al poder – le había escrito el 31 de octubre de 1997, después de su ruptura, cuando Calderón asumió la Secretaría General de su partido, y que la revista Proceso publicó. En ella le reprochaba su desconfianza que lo impulsaba a querer controlar todo y a regañar a todos, como si fuera depositario de una verdad de la que sólo él tenía las claves.

Pensó que por eso se rodeaba, con excepción de Roberto Gil Zuarth y de Juan Camilo Mouriño, que había muerto y lo dejó solo, de gente menor que él, de un personal bovino y arribista, o de ese hombre torvo en el que depositó la seguridad pública del país, ese vestigio del pasado que había cambiado el garrote por el rifle automático y la desnudez de su pelambre por un traje y que era difícil de filiar.

–No voy a discutir la legitimidad de tu mandato, Felipe, quedará como una incógnita en la historia –respondió Sicilia de manera pausada, como si continuara leyendo un poema cuyo pasaje le exigía cierto énfasis –. Tú mismo te negaste al recuento de los votos que, al final, fueron incinerados. Simplemente señalo un síntoma que no quieres atender ni entender. Pero ya que hablas del ejército, Felipe, ¿sabes lo que está haciendo allá afuera? ¿Recuerdas, supongo que sí, al muchacho que el ejército encontró encajuelado y que decía ser uno de los asesinos de mi hijo y de sus amigos?

Pues bien, intimidado por los criminales que lo golpearon y metieron en la cajuela de un coche, y por el propio ejército, señaló la supuesta casa de seguridad donde los habían asesinado. Sin preguntar, el ejército entró rompiendo vidrios, puertas y cateando la casa. ¿Sabes a quién pertenecía? A un cardiólogo. Afortunadamente no estaba la familia. Al final los soldados se robaron cosas: un botín de guerra, como tus bajas colaterales.

“Eso no es lo peor. Hace poco, también en Cuernavaca, la policía entregó al ejército a un muchacho, Jethro Ramsés. Como habían decidido que era un criminal, lo torturaron, lo golpearon, lo mataron y fueron a tirar sus restos semicalcinados en Puebla.

“¿Tienes idea de por qué los soldados comenten tanta atrocidad? Porque el ejército es una fuerza hecha para la guerra, para los estados de excepción, para la violencia extrema y la violación de los derechos; no hay estado de excepción que no los viole. Recuerda también que Los Zetas –el cártel más sanguinario – son desertores de las fuerzas de élite del ejército. ¿Te has preguntado cómo está educando a nuestros soldados? Porque hasta donde sé una buena institución no produce asesinos, aunque deserten. En todo esto, Felipe, hay una grave responsabilidad del Estado que para tu desgracia representas.”


Como si su interlocutor fuera un imbécil que se obstinara en no comprender la importancia de sus acciones y estuviera incapacitado, a causa de su dolor, para mirar el México que saldría cuando terminara de limpiarlo de escoria, el presidente respondió con fastidio:

–Son excepciones lamentables, pero excepciones. Más allá de ellas, el crimen, que los gobiernos anteriores dejaron que proliferara, nos estaba dañando y yo decidí combatirlo, yo decidí hacerle frente con todo lo que tengo y no voy a dar marcha atrás. Nadie me ha dado una mejor alternativa.

–Aquí no hay excepciones, Felipe. Ni yo, ni mi hijo ni mi familia ni nadie somos excepciones. Aquí hay muertos, desaparecidos, vidas irremplazables y truncas; familias destrozadas. Las razones, además, se te han dado. Lo que sucede es que no quieres oír. Pero vamos a venir el domingo a recordártelas. Es todo lo que quería decirte –remató Sicilia levantándose con la misma calma con la que había hablado –. Era importante que nos conociéramos y saber que no somos demonios.

El presidente se levantó también. Cuando llegaron a la puerta, el hombre de su pesadilla se detuvo y lo miró. Sicilia no sentía rencor aun cuando, en medio de la perorata de Calderón, éste no había tenido una sola frase de compasión para su hijo y su sufrimiento.

–¿Sabes, Felipe? Te traía un regalo: un par de libros que lamentablemente olvidé. Ya te los haré llegar. Pero antes de despedirnos quiero darte algo mejor –se llevó las manos al cuello y se quitó la medalla –. Me la regaló mi madre. La he llevado conmigo muchos años. Quiero que tú la lleves como la he llevado yo.

Por primera vez, durante toda aquella conversación, el presidente se sintió vulnerado. El gesto inesperado, ajeno a cualquier táctica política –en el sentido en que él entendía la política, una lucha por el poder –, lo desarmaba. Sin saber qué hacer dio un paso hacia atrás.

–No me la des.

–¿Me vas a ofender de nuevo, Felipe? –dijo el hombre de su pesadilla con la medalla en la mano.

Calderón sintió por un momento que algo se quebraba dentro de sí y que al fin se tocaban como dos hombres, como dos seres humanos en el misterio de la compasión y la humildad.

–Dámela –dijo, e inclinó la cabeza para recibirla –. Algún día –continuó mirándolo conmovido – voy a devolvértela.

–Devuélvemela cuando el país esté en paz y haya encontrado justicia.

Sicilia dio media vuelta y se dirigió a la puerta. Calderón no se movió.

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