Como son las fiestas de los narcos

Un año después lo quebraron en un pueblillo de la sierra con otros dos. De eso sí nadie averiguó qué pedo.

Mi patrón le cantaba a mucho mañoso, batos que nos invitaban a tocar para ellos nomás sabían que daríamos un concierto por el rumbo. Los paricillos privados a los que íbamos se ponían cabrones, pero no así de que Ay-Qué-Suave o Qué-A-Todo-Dar; más bien cabrones de lo malandro y no mamadas: la raza enfierrada y empercherada; chingos de perico, pisto y putas. Al principio, las fiestas no eran así, porque al principio todas las fiestas, ya te la sabes, son familiares: ai veías a los batillos estos con sus esposas e hijos; que la carnita asada, que la chelita, que el cotorreo dizque tranquis. Pero nomás se oscurecía y Ay, cabrón: a chingar a su madre las rucas y los morros, decían, nos quedamos los puros compas. Y ai sí: a tocar, putos.

Luego-luego rolaban las pacas de perico. Nos amenazaban: Pobre de ustedes que no se metan una rayota gorda porque se agüitan los señores, así que póngale macizo.

Al mismo tiempo traían a las furcias: pura chichona y culona. A mi patrón le encantaba el argüende, se ponía bien felizote de echar gritos ai con sus compas. Se ponía bien loco, pues. De milagro no nos quebraron a mí y a mi compadre, que siempre lo acompañábamos; yo en el sexto, mi compa en el acordeón. Siempre escucho a otros músicos contar que les pusieron fuscas en la cabeza, que los obligaron a meterse perico por las orejas, que los pusieron a tocar tres días seguidos sin cagar y sin comer pues eso no pasó en todo el tiempo que trabajamos pal patrón, porque a ese güey sí lo querían. Bueno, lo querían en ese entonces. 

Lo querían hasta los del yate.

Una vez fuimos a tocar al puerto para uno de esos güeyes, uno que tenía laboratorios no muy lejos en el cerro. Yo creo que más bien lo que tenía era mucha cola que le pisaran. Nos recibió arriba del barco, a punto de zarpar y que comenzara el pari. Había bien poquita raza, como cinco batos bien pinche feos, de esos gordos tipo judicial. Pa no hacer el cuento largo, nomás llegamos y no sé de dónde vergas salieron un chingo de marinos. Los cerdos en chinga se treparon al yate; lo primero que hicimos todos fue arrojar los celulares y radios al mar, no así dos cuernos, tres fuscas, los 20 mil dólares que le iban a pagar a mi patrón y un kilo de perico. Ni modo: todo (y todos) a chingar a su madre. El Patrón se veía muy asustado: fijó la vista al océano inmenso, cabrón y oscuro que es el mar de este lado. Ahí yo creo que supo que había valido verga. A nosotros nos soltaron esa misma noche. A él no. A él lo arraigaron 40 días.

Nomás lo soltaron le caímos a su cantón. El bato estaba flaco, callado como de susto; sí nos volvió a contratar, pero que anduviéramos truchas. Sabrá dios qué le habrían hecho. Ya no era el bato risueño de siempre.

Un año después lo quebraron en un pueblillo de la sierra con otros dos. De eso sí nadie averiguó qué pedo.

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