"No te quiero de mi puta, te quiero de mi mujer", le dicen a Sugey mientras ella los MONTA

Sugey huyó de la tierra del terror, llamado Triangulo Dorado y del maltrato familiar a los 15 años, con Eligio, su novio de 18. Él se enroló en la siembra de mariguana, se compró una camioneta, cadenas para lucirlas en el torso, anillos y ropa de marca  Versace. Él le dijo que agarrara la camioneta...prestada. Sugey llegó a tener entre sus dedos 10 anillos de oro y se sintió contenta. Sugey y Eligio se fueron a Culiacán.

Sugey creyó que había dejado atrás los golpes aquellos y en el lodazal del interior de su casa los llantos, las lagrimas convertidas en lodo, las rodillas irritadas, raspadas, hinchadas, abolladas de permanecer tanto tiempo en la tierra, hincada. Pero a la  vuelta de Eligio, de uno de sus jales nuevos en que andaba metido. al mostrarle los primeros 100 mil pesos y aclararle que eran de él, solamente de él Sugey reclamó. Fue la primera vez que Eligio la golpeó. Y la violó.

Empezó a entrarle al polvo, a pistear por horas, días. Había pasado de ser un sembrador de mariguana en la sierra, a ser un matón de un narco pesado. Un jefe destacado, de esos que tienen a decenas, cientos a su servicio. Esos primeros 100 mil fueron resultado de haber cumplido un encargo, un trabajito, un jale que le encargo el patrón: matar a un fulano, a quien el jefe le tenia ganas.

Una parte del dinero se fue al banco. Ambos tenían acceso a la cuenta. pero él la aprovechó más. Sacó y sacó para sus placeres esníferos. Le dio un poco a ella para que comprara algo de ropa y joyas.

Ahora ella estaba embarazada. Cuando le dio la noticia, él no brincó ni la abrazó para felicitarla. hizo una mueca y le lanzó una mirada de indiferencia. Levantó los hombros, dio la media vuelta y se fue. Eligio tuvo otro jale, en navidad de 2005. El pago esta vez no fue tan alto pero si de trascendencia: 50 mil pesos en efectivo. el sujeto ultimado no era tan importante.

Sugey recibía cada vez más golpes, vagaciones, gritos y regaños. a finales de 2006, decidió dejar a Eligio. Había aguantado mucho por su hija, porque pensaba que le llegaría la hora de tener casa propia, camioneta, ropa y joyas en abundancia. pero sus sueños recurrentemente emigraban al terreno de las pesadillas. Sugey y su niña se fueron de ahí, a otro espacio citadino. Sugey ingresó a un prostíbulo.

Las cosas se complicaban. la hija de Sugey se enfermó. Hubo que empeñar los 10 anillos. todos. Para comprar la medicina y curar a su hija. Sugey no lo hacia. No le alcanzaba el tiempo para cuidar a la niña. por eso la dejo con una hermana de Eligio. Así Eligio podría verla, visitarla de vez en cuando y, tal vez, le dejaría un dinerito para comprarle ropa y comida. Y Sugey, también eventualmente, acudiría a ver a la bebé.  la cuñada accedió. no por Sugey, sino por su Eligio y por la niña, a las que querían sin limites. Sugey tiene su encanto.

En el prostíbulo sabe tratar a los hombres. los sube a las nubes, y los estrella a la hora de pagar, sin que se den cuenta. Salen de ahí complacidos, con una sonrisa que les cubre media cara, sin importar el daño provocado a la billetera. Ahí Sugey conoció narcos y matones.

Uno de ellos la obligó a tener sexo sin condón. Con otros ha tenido que hacerlo temblorosa con los ojos saltados: ellos  sentados con un fusil AK- 47 en las piernas o acostados con el arma automática a un lado o empuñado la escuadra con la mano derecha, mientras ella monta. Algunos drogados, haciendo llamadas por teléfono celular, escoltados por 10, 15 pistoleros, con maletines a un lado, llenos de billetes, droga para todos, radios Nextel para una comunicación más rápida y efectiva. No quieren perder los millones de pesos  de la operación. No tienen plena confianza. Sudan, tiemblan. Unos mas amables, no ha faltado quien se encariñe con ella y le diga: "No te quiero de mi puta, te quiero de mi mujer."

No ha faltado quien le dé tres mil pesos de propina. Nada que ver con aquellos que dejaron a su compañera en el malecón, a las dos de la mañana. "Aquí te quedas, por pendeja", le gritaron desde la camioneta, después de abandonarla ahí. O aquellos que las raptaron a ella y otras dos para una fiesta privada. las llevaron con engaños a una casa de la ciudad y de ahí a un rancho. las encerraron, hicieron con ellas lo que quisieron y como quisieron. En un descuido,  en medio de la borrachera y la banda que no dejaba de toca, aprovecharon y se fueron caminando sin rumbo, buscando la carretera.

La encontraron al amanecer, porque escuchaban a lo lejos el paso de los tráiler y el sonido de los frenos de motor. Y vieron las luces. Terminaron ahí, pidiendo aventón casi sin ropa y espinadas de brazos y  piernas por ese andar arbitrario por el monte. una de ellas se acordó que ni siquiera les habían pagado. Sugey le contesto que no fuera pendeja, que lo que importaba era que estaban vivas.

Sugey dice que no le han sobrado invitaciones de hombres con dinero, con poder, para sacarla de ahí: "Me dicen que me ponen departamento, que me dan dinero, y pues me voy con ellos." Ella ha accedido, pero al rato, al poco rato, regresa por más y más dinero, al burdel. Ellos, que viajan, que no lo ven todo, que no la vigilan, se dan cuenta. Y la despiden. Ha llorado a tantas despedidas. porque este trajín se ha topado con hombres buenos, como aquel muchacho moreno, guapo, buena gente.

O aquel policía federal que va y viene, que luego anda en Brasil y al rato llama de Colima. A esos les ha llorado. Y también a sus billeteras. Tres mil pesos cada semana, solo para ella. Y si quería más, bastaba con una llamada. Le soltaban y soltaban dinero. Y yo de puta. y se le salen las lagrimas de nuevo. las mismas lagrimas que las palizas, sus padres  en la sierra, la pobreza, los golpes de su esposo, su hija con su cuñada, y su vida sin camionetas, joyas ni ropa.

Un sábado, un viejo cliente del prostíbulo quiso llevárselas a todas a la sierra. A la patrona le pareció peligroso, pero ante la insistencia de sus protegidas, accedió con la condición de ir también ellas. es una mujer de tetas operadas y costillas extraídas. El bisturí ha sido generoso con ella. Es atractiva pero esa voz chillona, como la gente de la sierra, la delata y la acorrienta. Y le entra, no con todos ni siempre, para agarrar un dinero extra y agotar placenteramente los extremos erguidos de los hombre.

Se las llevaron en una camioneta nueva. el conductor iba callado y tranquilo. Sugey rezaba y se imaginaba sobando un rosario, encomendándose al todopoderoso. El hombre se detuvo en una ranchería y se bajo. Entró a una casa y salió con un fusil AK- 47 y una pistola fajada. No les  dijo nada. ellas estaban aterrorizadas. Subían mas, hacia la sierra. Llegaron cuando empezó a oscurecer. Se repartieron los hombre: cuatro soldados para cada una. "Son un regalo", les dice el hombre. "Se las manda el jefe."

Uno de ellos, el oficial, un teniente del ejercito, sonrió gustoso. Llevaban semanas sin tocar una piel, puros fierros oscuros de los fusiles G-3. "Este es para mí", dijo la patrona, apurándose. El oficial era el más joven, un guajolotillo tierno y bien parecido, recién egresado del Colegio Militar. Se metieron en las casas de campaña, No veía nada. Así pasaron la noche, uno por uno. Jadeos que nadie sabe en qué rincón oscuro nacen y que se multiplican  y reparten en esa zona de la montaña.

A las mujeres les dio hambre después de las horas. Los militares sólo tenían algunas latas de vegetales y paquetes de galleta. Galletas rancias, vencidas con sabor a cartón. De todos modos se las comieron. Hora de pagar. El mismo individuo que las subió un día antes fue por ellas. Todo bien. Los militares no podían con tanta felicidad. Oasis en medio de la jornada de destruir plantíos de mariguana y amapola, esculcar viviendas, detener gente armada, perseguir y perseguir.

Días y noches de sudores fermentados, como esas galletas. sudores con dosis de adrenalina. Por una noche descansaron del pavor por la vereda, por los caminos, por los plantíos con cola de borrego. Pavor a ser cazado como un venado entre dos cerros.

En mayo hubo muertos de todos los bandos: de las bandas rivales del narco, de la policía, los federales aún con sus convoyes y sus uniformes tipo robocop, y militares. durante los primeros días del mes, en Culiacán, hubo siete muertos en un enfrentamiento y todos son de la policía. Cuatro más en un ataque sorpresivo, en pleno centro de  la ciudad, por la calle Rosales, entre Juan Carrasco y Obregón, y todos eran federales. Las fachadas de los negocios quedaron perforadas, los vidrios cuarteados, estrellados.

Hay perforaciones en los postes de los arbotantes, en los semáforos y también tienen orificios de disparo de arma de grueso calibre los señalamientos viales. Y todo a pesar de que Culiacán y la zona de la sierra tienen a unos tres mil efectivos del Ejército Mexicano, que a principios de mayo iniciaron en Sinaloa el operativo especial Culiacán- Navolato, en el que también participan elementos de la ¨Policía Federal Preventiva y corporaciones locales.

Y los militares allá, en el edén de los cuerpos de esas cinco mujeres, cálidas y dispuestas. Una de las asistencias confirmó que en esa ocasión les pagaron cuarenta mil pesos: "La madama nos dio seis mil a cada una y ella se quedo con el resto.  El teniente iba bien cambiado. También feliz, recién bañado. Se le acerco a la jefa y empezó a hablar, pero dirigiéndose a todas. Entonces sacó el pecho, se puso muy serio y rápidamente borró esa sonrisa estúpida para lanzar la amenaza: "No cuenten nada, no digan nada de esto, porque a mí me va a ir muy mal, pero a ustedes peor", de acuerdo con el testimonio de Sugey.

Abajo, en la ciudad, esa noche acababan de matar a varias personas. Seis muertos fue el saldo total. Y ellas allá, de orgía con los militares. Sugey dice que todos creen que ella es una mujer alegre, festiva, pero ella dice que no, que sufre mucho y que está harta de estar todas las noches expuesta a pistoleros, drogos y asaltos.

"En realidad soy rebelde. Me encabrona tanto tiempo para nada. Tanto tiempo perdido. y me canso. ahora estoy cansada y quiero salirme, pero ya nadie me lo ha pedido... me harta tanto desvelo. y no sé qué hacer..."

Trae 10 pulseras, ocho de ellas de oro. Le dio por ponerse en sus dedos anillos de plata. Las uñas con colores azul y rojo, con incrustaciones de piedras que brillan, le salieron en 300 pesos, pero ella quería las de 500. Es morena, bonita, chaparra y de caderas abultadas. Anda con un taxista que a la vez sirve a un señor que tiene lana y está en el negocio. Ya no son los mil, dos mil  y tres mil pesos que le daban amantes en turno, los que querían rescatarla del burdel. ahora son los 300 pesos a la semana y en ocasiones un poco más, cuando anda ajustada.

la chamba ha bajado mucho, casi a la mitad, y apenas agarra mil o mil 500 cada dos semanas. a sus 26 años con esa mirada pizpireta, que apunta y dispara, sabe moverse, dirigirse a los hombres, y venderse. Dice que tiene clientes que llegan en sus Cheyenne, las Lobo y Hummer, a buscarla, que sigue siendo cotizada. En eso suena el radio Nextel. Lo aparta de teléfono celular marca Motorola, y contesta: "¿Mande mi amor?".

0 comentarios:

Publicar un comentario en la entrada