Me llamo Bernardo Flores Alcaraz, y soy uno de los 43

¿Qué dejaron atrás los 43 muchachos desaparecidos en la noche de Iguala, en las primeras horas del 27 de septiembre, ¿Cuáles eran los sueños convertidos en cenizas de los 43 muchachos ausentes y los seis muertos bajo las balas de la policía asalariada de ese narco que todo lo ciega, todo lo marchita, todo lo toma y estruja?

El colectivo Marchando con Letras, un grupo de sesenta y tantos reporteros, fotógrafos y editores se lo preguntó hace algunos meses y salió a la Normal de Ayotzinapa para descubrir quiénes son —de los ausentes se habla en presente— los desaparecidos cuyo secuestro sacudió una Nación y descarriló al Gobierno federal.

Los periodistas caminaron por la Sierra, se asomaron a la montaña, se hundieron en la Tierra Caliente y delinearon las costas para dejar atrás el número de cada normalista y relatar la vida segada de los 43 jóvenes, muchos de ellos acaso responsables del deseo de llevar sus vidas a las escuelas con aulas de cartón y lámina dispersas en Guerrero.

El resultado es “La Travesía de las Tortugas” —el topónimo de Ayotzinapa alude a esos reptiles y con estos los estudiantes de la Normal se identifican—, un libro publicado por Proceso y en el cual, Humberto Padgett, reportero de SinEmbargo participó con la elaboración del perfil de Bernardo Flores (escrito en primera persona), el estudiante responsable de la conducción de los demás estudiantes la noche en que ardió Iguala y se incendió México.

El Cochiloco. ¡Qué apodo me tocó a mí, Bernardo Flores Alcaraz, uno de los 43! Porque aquí, en la Normal de Ayotzinapa, todos tenemos apodo y a nadie conocemos por su nombre. Es costumbre heredada por la guerrilla, de los tiempos de los compas Lucio y Genaro, que se metían a la Sierra de Guerrero, desde Atoyac de Álvarez, donde nació mi padre y se seguían de largo hasta Tixtla, donde nació mi madre.

Cochiloco. Cuando llegué a la Isidro Burgos, en 2013, nos sentamos a ver la película El Infierno y todos dijeron que me parezco a Joaquín Cossío. Alto, fuerte, tosco. Desmadroso.

Y porque me dicen El Cochiloco y pertenezco al Comité de Lucha y llevaba la responsabilidad de los compañeros la tarde del 26 de septiembre de 2014 es que la Procuraduría General de la República me quiso encasillar como uno de Los Rojos, el cártel que pelea por la propiedad de la heroína en Guerrero con los Guerreros Unidos, los asesinos que nos secuestraron y, según la autoridad, nos asesinaron  y nos incineraron en el basurero como si fuéramos merma.

Ni madres. Que pregunten a Los Rojos. Que pregunten a mi familia, en Atoyac, donde nació y murió Lucio Cabañas, asesinado por el Estado, por los militares dirigidos por Mario Arturo Acosta Chaparro, un general que conoció la cárcel porque nada podía ocultar que era un empleado del Cártel de Juárez.

Acosta Chaparro mató por aquí mismo y a los nuestros, la cuenta de vidas que quedó a deber cerró en 123. Y sembró amapola que convirtió en opio y al opio lo hizo heroína. Era amigo de Rafael Caro Quintero y de Ernesto Fonseca, quienes sembraron la semilla de la que creció el Cártel de Sinaloa. Y éste sembró la semilla de la que nacieron los Beltrán Leyva. Y de ellos surgieron Los Rojos. Y de Los Rojos se desprendieron Los Guerreros Unidos, los que nos llevaron.

Así que por presente o por pasado, como dice mi madre, María Isabel, fue el Estado.

EL PÁJARO DE METAL

Había que tener apodo, porque los del Batallón Iguala, aquí muy cerca de donde nos levantaron, y los del Batallón Atoyac, allá muy cerca de donde crecí, nomás oían las palabras “estudiante”, “maestro” o “compañero” y ya escuchaban “guerrillero” o “sedicioso” o “colaborador”.

Entonces se llevaban a quienes ellos quisieran. Y quisieron llevarse a Marcelo Flores Zamora, tío de mi padre y muy parecido a él y ágil de palabra como nadie.

Una tarde de 1972 bajó “el pájaro de metal”, como decían al helicóptero de los militares. Los soldados se fueron encima de Marcelo, porque era comisario en el pueblo de Río Chiquito, a unas dos o tres horas del nuestro. Lo patearon dentro de la comisaría.

—Los guerrilleros, hijo de la chingada… ¿dónde están? ¿Dónde les escondes las armas? —le preguntaron.

—Sólo les di tortillas, café…

—¡Pinche colaborador! —lo sentenciaron y se lo llevaron.

Sus hijas estaban niñas, su esposa se arrodilló. Suplicó. Lo subieron al avión.

Fueron al Campo Militar Uno, porque decían que ahí los tenían encarcelados. Se acercaron al Pozo Meléndez de Taxco, que por algo le dicen la Boca del Diablo, pero nada se ve ahí porque eso no tiene final. Luego se dijo que lo subieron de nuevo en el avión y que lo arrojaron en el mar abierto.

Quién sabe qué pasó con tantos hijos, padres, maridos y hermanos que el Ejército arrancó de la Sierra, como si fueran hierba mala que por puños le metían al chingado “pájaro”.

CORAZÓN DE LETRAS Y ENCABRONAMIENTO

Mi madre, María Isabel Alcaraz, nació en Tixtla, en el mero municipio donde está la Escuela Normal Isidro Burgos de Ayotzinapa. Apenas terminó la secundaria en la Escuela Heroína de Tixtla —supongo los chistes que se deben hacer a propósito del nombre— y se fue a estudiar a la escuela Normal, por San Cosme, en el Distrito Federal. Entonces no se requería de preparatoria y, como en su familia, mi familia, todo mundo ha aprendido a enseñar, ella se hizo maestra.

Fueron maestros mi abuelo y mi abuela. Y cuatro de los cinco hermanos de mi mamá son maestros. En mi corazón hay letras. Y encabronamiento de tanta pobreza, de niños muertos de hambre, de madres que mueren extrañando a sus hijos que se rebelaron.

Mi madre, que hora tiene 48 años de edad, estudió el magisterio entre 1982 y 1986. Cubrió interinatos durante tres años y, en 1990 obtuvo su plaza en San Juan de las Flores, un pueblo de Atoyac de Álvarez que ahora tiene mil 100 habitantes. Ese es mi pueblo, de ahí soy yo, de la Sierra. De las laderas de ocotes gigantescos y el cafetal oculto en la niebla que siembra mi padre, él sí nacido en San Juan de las Flores.

Mi mamá llegó al pueblo con una maleta azul y otra negra. La querían mucho porque en los pueblos de la Sierra, a donde ni el cura quiere ir, se aprecia a los maestros. Mi madre sabía que el trabajo sería duro, pero de eso estamos hechos nosotros.

Entonces la escuela tenía 100 alumnos repartidos en los seis grados de la Primaria. Ahora son como 60 niños nada más, porque la gente se va de San Juan de las Flores de tanta pobreza que hace. Al salón de segundo le entra agua cuando llueve y a toda la escuela le falta pintura. Antes fue la tienda de Conasupo, pero quedó abandonada luego de que se presentaron los del Ejército Popular Revolucionario a calmar tanta delincuencia que había. Entonces se ocupó para dar clases.

Mis papás se conocieron en la cancha de basquetbol del pueblo. Mi papá la vio y se enamoró de sus ojos verdes. Se abrazaron y se amaron por primera vez con las canciones de Ricardo Montaner.

Él es un hombre alto y era muy bien parecido. Nomás es cosa de pedirle a mi madre que saque su cartera y muestre las fotos de ellos bien jovencitos, como yo ahora. Se casaron en abril de 1992 por el civil en Pie de la Cuesta y por la Iglesia en el pueblo, donde miabuelo mató dos vacas para dar de comer mixiotes.

Mi abuela vivía en Acapulco y ahí nací yo y ahí nacieron mis dos hermanos, pero nomás nacimos ahí, porque nosotros somos de San Juan de las Flores.

Nací el 22 de mayo de 1993. Soy el mayor, pero no el primero, porque antes de mí mis papás enterraron a una niña tan chiquita que cupo en una cajita de zapatos. Me siguen Pedro Nataniel, de 17 años, y Odette, ahora de 15 años.

Me llamaron Bernardo por mi abuelo, el padre de mi madre, el maestro. Un hermano de mi mamá también se llamó Bernardo, pero de él tampoco supieron nada sino hasta muchos años después de que partió al norte y escribió: “Estoy vivo, estoy bien. Estoy en Canadá y me hice ingeniero”.

¿INTERNET? PERDÓN QUE ME RÍA

La escuela de mi mamá se llama Hermenegildo Galeana y yo fui su alumno en tercer año, así que ella me enseñó a multiplicar y a dividir. Luego hubo problemas porque las señoras chismosas la acusaron de darme preferencia. Era buen alumno y me gustaban las clases. Me merecía una calificación de nueve, pero mi madre me puso ocho para acabar con los murmullos.

Pasaba las vacaciones trabajando en la sierra, en el cafetal de mi padre. El trabajo es duro. La tierra en el invierno es dura como una losa, y el sereno se mete en las manos como agujas.

Estudié en la secundaria técnica que tenemos, la 101, Plan de Ayutla, así nombrada porque aquí cerca se firmó el acuerdo que puso fin a la dictadura de Antonio López de Santa Anna. Y no muy lejos de la Normal, en Chilpancingo, José María Morelos y Pavón expresó los Sentimientos de la Nación y declaró la independencia de México. Del municipio en que nos secuestraron, Iguala, salió el Ejército Trigarante a la toma de la Ciudad de México. En Tixtla nació el reformista Ignacio Manuel Altamirano…

En Guerrero nació buena parte de nuestra idea de nación, pero hoy, como en ninguna otra parte de México, se asesina, se secuestra, se trafica, se soborna.

Mi libro favorito es el que recoge Los Sentimientos de la Nación de Morelos.

Hay una preparatoria que nos aceptó dar el gobierno, porque la gente se organizó y la exigió. Es un plantel popular con tres galeras utilizadas como salones, sólo dos pizarrones y dos baños de madera carcomida con letrinas. Hay algunas viejas butacas que no alcanzan para todos; quien no alcanza se lleva una silla de su casa o se sienta en el piso. No hay biblioteca ni cancha deportiva. ¿Internet? Perdón que me ría, pero apenas el agua que se tiene es llevada con mangueras colocadas por la misma comunidad. Los papás cooperan para pagar 70 pesos la hora a los maestros. Cuando van.

En el pueblo hay hambre y la gente emigra. Es triste. Ellas terminan de empleadas domésticas y ellos de peones de albañilería en Acapulco.

Mi mamá enseñó a leer y escribir a muchos de ellos. Todos la conocen y la aprecian. Por eso quise ser maestro y entré a la Normal Isidro Burgos de Ayotzinapa.

LA PLAZA NO SE HEREDA

Me retrasé un año porque estaba indeciso con mi carrera y se me pasó la fecha para alcanzar ficha.

También me interesaba estudiar medicina veterinaria. Pensamos en una escuela que está en Coahuila, pero me quedaba muy lejos y yo quería ir a mi casa más seguido. Ese año me dediqué a chaponar, a limpiar terrenos para recibir maíz o frijol.

—Mira, hijo, para que tú seas un buen maestro te tienes que preparar y echarle ganas tanto en la teoría como en la práctica. Más o menos ya llevas una noción, pero teóricamente tú tienes que aprender mucho —me dijo mi mamá.

—Ya no te puedo dejar mi plaza. Tú tendrás que luchar por estudiar y ganarte una plaza.

—Sí, mamá, estoy de acuerdo.

—El sueldo base es de 5 mil pesos menos el impuesto sobre la renta, derecho al ISSSTE, cuota sindical. Te quedan como 3 mil o 4 mil pesos quincenales. Al final, son 6 mil pesos al mes. No alcanza para sostener una familia.

—No importa —ya se verá más adelante.

—Al principio seguro te tocará en una comunidad bien alejada, a cinco o seis horas caminando o en bestia de donde te deje el camión. No hay carro —me decía para advertirme. —Y ahorita, como está el crimen, hasta a los maestros les toca… ¡Nomás de repente se suelta la balacera!

—Yo quiero ser profesor de primaria —le respondí y ella negó con la cabeza, pero yo sabía lo orgullosa que se sentía por mí.

LA FOTO CON SANGRE

El 26 de septiembre de 2014 fue viernes. Mi mamá acudió a la reunión del consejo técnico en la cabecera de Atoyac y luego volvió a la Sierra. No hay señal de teléfono celular. Ella tuvo un mal presentimiento, pero pensó que le hizo daño el pollo que comió. A las ocho de la noche su malestar empeoró.

A la mañana siguiente llegó un tío mío, hermano de mi papá. Vio a mi mamá y se quedó callado, pálido.

—¿Qué Mariano? —preguntó María Isabel.

—Mira, vengo a ver a mi hermano. ¿No está Nardo?

—Sí, se está bañando. Pásate. Siéntate, ahorita viene.

—¿Qué pasa, Mariano?

Silencio.

—¿Qué pasa? —pregunta mi papá.

—Me habló mi cuñada, la que vive en Iguala…

—Ah, ¿qué pasó allá?

—¿No te has dado cuenta? ¿No sabes nada?

—No, no sabemos nada.

—No, pues me dijo mi cuñada que había pasado algo grave en Iguala. En el periódico está la foto de tu hijo en una credencial con sangre. Dicen que hay muertos.

Se encontraron con los papás de Cutberto Ortiz Ramos, pariente de Lucio. Ese muchacho fue alumno de mi mamá. Subieron al camión. Hicieron seis horas de camino hasta Iguala.

EL 43… COSA DE DIOS

Ahora mi madre no da clases y mi padre ya no es campesino. Ahora les dicen activistas. Cuando vuelven a Atoyac, son un hombre y una mujer que se sientan a esperarme llegar. No saben si llorar porque me creen vivo o porque me piensan muerto.

Mi madre dice que estoy vivo. Que me sueña y en sus sueños la abrazo y la consuelo y le digo: “’Amá, aquí estoy con usted”. No sabe si me quiere esperar los años y los años, como esperaron a mi tío Marcelo, a quien sus hijas se sentaban las tardes de calor o de lluvia durante 23 años. Que se preguntaban dónde poner una lápida y llevarle flores. Cuándo abrazar un ataúd vacío. Y llorar cuando descubrían como el retrato colgado en la pared se vuelve borroso y la imagen en la memoria se hace lejana, huidiza. Hasta que dejaron de recordar sus ojos y se preguntaron si no vivían amarradas a un fantasma. No encontraron nada. Quién sabe qué pasó. Ni siquiera les quisieron dar la verdad. Menos justicia. Dicen que conmigo y los otros 42 pasará lo mismo.

María Isabel se hace la fuerte, pero se quiebra cuando habla de mí y muestra las fotografías que me tomó con su teléfono, uno chiquito. Ahí estoy yo con una playera azul.

—Este es mi muchacho. Fíjese bien en su playera —mi mamá muestra una imagen borrosa en que se distingue un número amarillo. — ¿Ya vio qué número es? ¡Ha de ser cosa de Dios! Fíjese: ¡Es un número 43!

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