De parranda con los viejones

I. “Estaba por abrir la puerta de la cantina hacia afuera y Uta, me dije, por favor que no sea de día.

Raza bien morrilla desplazó a los rucos que tradicionalmente caían a este congal; es de los más viejos y no sé a qué hora cierra, pero a las seis o siete de la mañana la plebe sale toda alterada. Yo le caigo desde hace un chingo —ya tengo mis añitos— y no me agüita que se llene de ese tipo de gente: el lugarcillo está cotorro, bien oscuro, lleno de pendejadas como fotos y sombreros en toda la pared. 

Precisamente en el viaje de esa noche tripié que la plebe joven le caía acá por la decoración; luego me acordé de los mañosos que le caían antes, cuando se llenaba de meseros que terminaban de jalar en otros antros. ¿Se habrán fijado que en el techo están escritos los nombres de raza que ya está muerta? ¿Aluciné esos nombres? No puedo saber: no he vuelto desde entonces. 

En fin. Abrí la puerta y Uta, volví a decirme, qué chingón que todavía es de noche; el piso estaba como respirando y los muros parecían coloreados con lápices de tonos pastel. No me acordaba dónde había dejado estacionado el carro, así que caminé unas tres cuadras hacia el lado de la playa. De repente un carro se orilló: Qué pedo, pinche Loco, ¿a dónde vas? Era un carnalito que hace rato no veía. No encuentro mi carro, Dud, y perdí mi celular, ¿qué hora traes? Todavía es tempra, cabrón, súbete y yo te llevo.

Su ranfla era un lanchón de la verguísima con vidrios polarizados; en cuanto me acerqué el bato bajó los vidrios de atrás y vi que lo acompañaba una pareja: un ruco trajeado, con canas, pero carita el bato, y una morra vestida con un trajecito sastre, mucho más joven y súper hermosa de la cara. En cuanto me subí, mi compa me dijo si no quería ir primero a hacer una rayas con ellos. Chingue su madre, ya estaba bien encaramado: por la plebe que iba con el güey, supuse que sería un tipo bien maniacón.

        Fierro, puto.

        En el camino me presenté con la pareja y les ofrecí un joint de mota; los batos se paniquearon y me dijeron que No, cómo crees, tú llégale y la chingada: nosotros no le hacemos a esa madre. Bueno, me dije, yo sí voy a fumar. En cuanto llegamos al cantón me volvió a estallar el ajo, pero cabrón: miré que las copas de los árboles en el jardín de mi compa estaban iluminadas por una luz roja. La sala de la casa tenía un ventanal enorme desde el que seguía viendo esos árboles y esa luz. Una vez que nos sentamos alrededor de la mesa, advertí que no era perico lo que íbamos a esnifar, sino crico. Se hicieron efectivamente unas rayas del polvo azulado y cristalino que nuestro anfitrión probó con un popote; pensé Si los batos se asustan con un pinche churro pedorro, no mames con mi compa que les está poniendo unas rayas de esa… Y vergas: todavía no había terminado de articular la frase en mi cabeza cuado la vieja se dio dos pinches rayones gordos. Qué pedo que hasta dijo Uy, qué rico. Entonces el bato se aflojó la corbata: Vámonos recio, que se dio también un par. Al principio pensé que era mi trip, pero pura verga: los batos eran unos pinches atascados.

        Luego me tocó a mí.

        Saca una pipa, le pedí al dud, acabo de fumarme el gallo y traigo calientita la garganta. Me di un tanque de esa madre que llegó bien pronto a mi cabeza. Me sentí entre eufórico; mejor dicho con ganas de cogerme a la vieja que, en ese punto, bailaba frente a los tres quitándose el saco, la blusa y los tacones. Todos estábamos riendo. Le di una palmada al ruco y, nomás para probar terreno, le dije Qué buen culo te estás picando. Volteó y dijo A huevo. Todos seguíamos riendo.

        Mi compa había puesto música disco, ya estaba amaneciendo y la morra ahora fumaba de la pipa mientras bailaba sola frente al inmenso ventanal. No sé cuánto tiempo habrá pasado en lo que la veíamos entre carcajadas y rayas y pipazos, pero de repente el ruco se paró; la vieja (su vieja) ya estaba a punto de encuerarse, así que supuse que el bato se había ondeado. Vístete, gritó; miraba su reloj mientras apretaba recio la mandíbula. Qué pasa, preguntó mi compa. Se nos hace tarde. Es domingo y apenas amaneció, le espeté. Por eso: tenemos que irnos a trabajar. No mames que van a irse a trabajar. Es que en una hora sale nuestro vuelo. ¿Vuelo? Sí: soy capitán de aviación y ella es mi aeromoza.

        Verga.

        ¿Para qué aerolínea trabajan?”

II. Ultraligero es el término que designa a los aviones monoplaza habilitados para volar a baja altura y poca velocidad. Debido a la dificultad de ser detectados por radares de detención aérea, son utilizados para cruzar droga de México a Estados Unidos. Su tamaño permite aterrizajes improvisados, aunque la Patrulla Fronteriza ha advertido que la mercancía traficada suele ser arrojada desde el aire mientras vuela; desde el 2009 y 2010, dicha agencia ha registrado más de 200 “incursiones” por año a territorio gabacho. Ultraligero, además, es un término que podría definir uno de los motores quintaesenciales de la psiconáutica: el conjunto de drogas alucinógenas integrado por materias psicodélicas, disociativas y delirantes. Ultraligero es uno de los efectos a los que conduce su consumo y es metáfora de algunos de los visuales arquetípicos que genera especialmente el grupo de sustancias psicodélicas: la idea del “viaje” o desplazamiento a nivel psíquico. Uno se siente “ultraligero” en cuanto a que las barreras que podrían contener la consciencia se han derribado y se revela una extensión de nuestros límites sensoriales. Sustancias tan dispares como el LSD y la Salvia Divinorum comparten la alteración de sentidos, al grado de que ambas sustancias derivan en una disolución del ego, pero también la visualización de nuevos márgenes de existencia. Bajo el efecto de esta droga se perciben mutaciones momentáneas (y radicales) del entorno: se encienden luces donde no las hay, las cosas parecen estar dibujadas con lápices de color y vertidas en un plano bidimensional y todo se mueve como si pasara un viento por el entorno. Sin embargo, en el caso de los psicodélicos más intensos, como el DMT o la misma Salvia, la visualización puede cruzar los límites de la vida misma: es común que quien los consume son capaces de sentir la experiencia de estar casi muerto, o incluso estar más allá de muerto. Ese “ir más allá de la muerte” parece ser el fin último de un alucinógeno. Un más allá que es muerte simbólica, paralelo a la aspiración innata a sobrevivir eternamente, justo como en el plano terrenal lo han querido muchos de los grandes capos del narcotráfico.

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